8 de febrero de 2017

Granada, embrujo moruno

Siguiendo los pasos de mi anterior viaje andaluz, meses después regresé al Sur. Antes de que me invadiera la nostalgia ante la inminente llegada de mi cuarenta cumpleaños, decidí escaparme unos días a Granada, para mí ligada siempre a recuerdos felices.


Apenas hacía una hora que habíamos llegado a la ciudad y el embrujo de Granada ya me arañaba el corazón mientras nos registrábamos en la recepción del hostal. A través del balcón de nuestra habitación, se colaba un rasgueo de guitarra que retumbaba en un estrecho callejón del Albaicín. Era mediodía y el sol brillaba con fuerza en la ribera del Darro, a lo largo del Paseo de los Tristes.


El Albaicín es la verdadera alma granadina. En la silenciosa penumbra de sus calles no encontraremos la pompa ni el boato de la opulenta catedral, ni tampoco un ajetreado y folclórico zoco como la Alcaicería. El Albaicín es sólo luz blanca que resplandece a los pies de la Alhambra. Es el rumor, frágil y esquivo, del agua que brolla de la fuente. Azulejos de floridas vírgenes dolientes adornan las tapias encaladas que ocultan algún pequeño huerto de naranjos. De vez en cuando, el lamento de una guitarra rompe la quietud del Albaicín y estremece a los turistas.


Y sobre el Albaicín se eleva la Alhambra. Oro puro sobre blanco. Entrada la tarde del día siguiente a nuestra llegada, iniciamos la visita con los Palacios Nazaríes, una sucesión desordenada de patios rectangulares, con una gran fuente en el centro y rodeados de estancias con una cúpula en el techo. Recorrer sus pasillos no es sólo retroceder siglos de historia, es adentrarse en un sueño. Un sueño morisco a través de salones y galerías embellecidas por incontables artesonados geométricos, labrados en la piedra y engalanados por los versos del Corán, y de azulejos de colores formando infinidad de mosaicos.


La Alhambra no es un palacio de piedra: pues no hay nada más frágil que su arquitectura de agua y encajes esculpidos. Frente al concepto arquitectónico cristiano de robusta fortaleza, los sultanes crearon un palacio fugaz y volátil como el viento, como los sueños de aquel pueblo nómada del desierto que un día decidió cruzar el mar y reinar sobre Al-Andalus.


El Generalife, al otro extremo, fue construido como una residencia de verano para los reyes nazaríes. En medio del tumulto de uno de los sitios turísticos más concurridos se encuentra un oasis de silencio. La luz aterciopelada se filtra entre las celosías y unas tímidas lucernas estrelladas alumbran las estancias del palacio. Afuera, los jardines rebosan verdor al son del leve murmullo de las acequias y albercas. El Generalife es como un poema de agua y aroma de azahar, el lugar donde se escapan los suspiros.


El sol ya empezaba a ponerse y el horizonte iba del dorado al violeta a medida que menguaba la luz. Las nubes brillaban con fulgor escarlata y las almenaras rojizas de la Alhambra también parecían brillar con un resplandor rosado. El cielo empezó a oscurecerse y asomaba una medialuna que prometía una noche bellísima. Faltaban pocos minutos para que la Alhambra cerrara sus puertas a los turistas pero no sentía lástima por marcharme, me fui con la certeza de que en algún momento volvería. Eso es lo mejor de visitar Granada, saber que siempre volveré una y otra vez.
«Por el agua de Granada, sólo reman los suspiros» (Federico García Lorca)

Cádiz, el escondite del viento

El luminoso sol del Sur cayó sobre nosotros durante todo el trayecto de carretera. Una luz cegadora se desprendía del cielo y nos sonreía, dándonos la bienvenida a Cádiz. Quienes nacimos en el Mediterráneo ya conocemos bien esa luz, tan arraigada en nuestra alma. Tan arraigada que no sabría vivir sin sol que acaricia la piel y adormece los sentidos, que apacigua los temores y calma los pesares.


Nos hospedamos en un hotelito justo detrás de la catedral. A una buena distancia desde el mar, ya era visible su hermosa cúpula recubierta de azulejos dorados, que encaja a la perfección con la fisonomía gaditana de aires coloniales. A esas horas de la mañana la catedral resplandecía en cada ola que llegaba, alumbrada por la misma luz de tantas épocas vividas, de fenicios y cartagineses que abrieron paso a la Antigua Roma y al esplendor de Al-Andalus.


El puerto fue durante siglos el punto de partida hacia nuevos horizontes al otro lado del Atlántico, aglutinando el flujo mercantil con América. Llegamos hasta La Caleta, paseando entre palacios barrocos y elegantes casas señoriales con sus características torres miradores, que evocan al malecón de La Habana o a cualquier ciudad colonial de suaves colores. Aunque en este caso, la brisa marina nos trajo, además, olor a tortillitas de camarones, riquísimas raciones de choco, chipirones y unas deliciosas ortiguillas que nos llenaron la boca de sabor a mar.


Varias decenas de barcas se mecían suavemente varadas en La Caleta. Las gaviotas revoloteaban en torno a los pocos pescadores que aún no habían recogido sus redes, con la esperanza de capturar algún pececillo que hubiera quedado enredado. Atardecía tras la línea dorada del horizonte y el mar chispeaba con el brillo de los últimos rayos de sol.


A la mañana siguiente nos despertó un chaparrón primaveral que duró hasta bien entrada la mañana. Nada más llegar a Vejer de la Frontera, el cielo se abrió y apareció de pronto un azul radiante y luminoso que contrastaba con el blanco inmaculado del pueblo. Con la única compañía de un gato negro que se nos acercó ronroneando, deambulamos por los callejones estrechos y solitarios que serpenteaban entre las casas de fachadas amplias y encaladas, portones de madera claveteada y ventanas enrejadas. Todos terminaban en alguna pequeña plaza, quieta y silenciosa, donde sólo se oía el rumor del agua que brollaba de una fuente de azulejos. La dorada luminosidad de la tarde embellecía Vejer.


Tras una suculenta cena en el restaurante El Jardín del Califa, subimos a la azotea. Los aires marinos mecían suavemente las palmeras. La noche, negra y brillante, estaba poblada de estrellas y un cuarto creciente de luna pendía del cielo. En ese momento fue cuando sentí que estaba justo donde quería estar.

Córdoba, el último califa

Un poquito resacosos de rebujito y con el taconeo de la feria resonando aún en el oído, alquilamos un coche para llegar hasta Córdoba. La carretera discurría por tierras llanas y sumamente fértiles por su proximidad al Guadalquivir. Atravesamos infinitos campos de olivos, bendecidos por el alegre y luminoso sol del Sur. A ambos lados de la carretera, se extendían vastos latifundios de horizontes abiertos, blancos cortijos y suaves colinas, muchas de ellas coronadas por el campanario de la iglesia de algún pequeño pueblo de casas encaladas o de señoriales villas como Carmona, Osuna o Écija.


Córdoba atesora la esencia de las tres culturas que habitaron en sus calles y conserva lo mejor de cada una. Hubo un tiempo colmado de prodigios en que hebreos, cristianos y musulmanes convivieron en relativa armonía en esta hermosa ciudad. Gracias al legado de aquellos que nos precedieron, pocas horas después de llegar a Córdoba pudimos adentramos en el simétrico laberinto de columnas de la Mezquita. La primera impresión fue de absoluto asombro ante tanta belleza. Una vez los ojos se acostumbraban a aquella tenue oscuridad, se producía un efecto de reflejo dentro del reflejo. Pero al contemplar las columnas desde una perspectiva diagonal, se rompía ese efecto. Entonces, la sensación de amplitud se emborronaba y las columnas siempre parecían esconder algo detrás.


La Mezquita de Córdoba alberga también la Catedral. O mejor dicho, la Catedral cordobesa alberga los restos de lo que en su día fue la mayor y más bella mezquita andalusí. Cada civilización destruye todo vestigio de sus antecesores. Así ha ocurrido siempre y así ocurrió en Córdoba. La catedral cristiana creció entre el bosque de columnas de la mezquita musulmana como uno de esos líquenes parasitarios que se adhieren a la corteza y que con el tiempo llegan a ser casi tan hermosos como el árbol.


Afuera, en el patio, la Mezquita seguía ejerciendo su magnetismo sobre los cientos de turistas y algún que otro cordobés que paseaba entre los naranjos. El aire olía a azahar y se oía el rumor del agua correr por la fuente. Entre sol y sombra, la luz se filtraba de verde entre las hojas de naranjo. Al rato, dejamos atrás aquel misticismo aromático y sonoro. El olor a azahar se convirtió en olor a salmorejo y mmm… berenjenas con miel.


Así como la Mezquita es un laberinto simétrico y perfecto, la judería es una verdadera maraña laberíntica de estrechos y silenciosos callejones, de blanco y albero, de fachadas encaladas, portones de madera claveteada y balcones con geranios. En las calles más próximas a la Mezquita, atestadas de turistas, se capta una instantánea un tanto kitsch entre cientos de macetas colgantes con geranios, delantales rojos con volantes y lunares, imanes de la mezquita, carteles de corridas de toros y fritanga.


Al atardecer, nos alejamos de las bulliciosas calles de la judería y encontramos un rincón de silencios y de sombras nocturnas que se proyectaban sobre los blancos y sobrios muros del Convento de los Capuchinos. En la plaza frente al convento, se alzaba en medio del empedrado el Cristo de los Faroles, rodeado de velas encendidas como un fantasmagórico nazareno. La tenue luz de ocho farolillos iluminaba la figura del Cristo, el alma de la Córdoba cristiana tallada en piedra tosca y blanquecina.


Al otro lado del Guadalquivir, el puente romano ofrece una panorámica inolvidable. Junto a las almenas del Alcázar de los Reyes Cristianos, el muro de la Mezquita se agranda poco a poco y, a su alrededor, culebrea la retícula de callejuelas cordobesas. Belleza, grandiosidad… Hay ciertas palabras que no se deterioran jamás, por mucho que se abuse de ellas en las agencias de viajes.

Sevilla, flor de azahar

Una luminosa mañana sevillana, hace ya muchos años, recorrí apresuradamente unas cuantas calles entre la Catedral, el barrio de Santa Cruz y la Torre del Oro. ¡Deseaba tanto volver! Y ahora que he vuelto a Sevilla, también regresa a mi memoria algo que sucedió aquella mañana. Es tan cómico que, a pesar de los años transcurridos, su recuerdo siempre me hace sonreír. Siguiendo las directrices del Manual del Buen Turista, iba yo montada en una bonita calesa sevillana tirada por dos caballos que había cogido minutos antes en la plaza de España.


De repente, cinco gitanillos empezaron a correr tras el carruaje. Uno de ellos rasgaba la guitarra intentando arrancar algunos acordes a pesar del traqueteo. Otro cantaba a la vez que corría y su respiración, entrecortada por el esfuerzo, interrumpía contantemente aquel lastimero quejido que pretendía ser flamenco. Mientras tanto, el resto nos siguió todo el trayecto dando palmas sin ritmo alguno. No podía contener la risa. Los gitanillos continuaron dándole al cante jondo hasta llegar a la Giralda, por lo que se ganaron una propina bien merecida. Dudo que tuvieran aquello que llaman duende, pero al menos echamos unas buenas risas.


El duende, se tiene o no se tiene. Y Sevilla tiene duende. Es un don que pocos tienen, un sentimiento convertido en arte, tan seductor, auténtico e intenso que traspasa la frontera de lo mágico y se adentra en el corazón de quien lo ve. El duende emana del taconeo de una bailarina, del lamento quejumbroso de un cantaor… Emana también del rumor del agua que corre por la fuente de un patio de naranjos, del calor de una noche sevillana a la orilla del Guadalquivir en el puente de Triana. Emana del olor de las flores de azahar que impregna los Reales Alcázares las mañanas de abril.


Sevilla es un crisol de sangre y de rezos judíos, cristianos e islámicos que se funden bajo un cielo luminoso y azul. La romana Hispalis, la Ishbiliya del esplendor andalusí, la beata y opulenta Sevilla de los Reyes Católicos; cientos de historias superpuestas, siglo tras siglo, y de vínculos imposibles de explicar unos sin otros.


Al comprar los billetes de avión no reparamos en las fechas hasta pocos días antes de la partida... ¡La Feria de Abril sevillana! A pesar de esta fantástica coincidencia, la verdad es que no me entusiasmaba especialmente la feria de abril. Algunos mallorquines de origen andaluz organizan en Palma una diminuta versión de su feria de abril bastante cutre. Durante el día, unas pocas mujeres, sobre todo niñas, pasean por las casetas con vestidos de sevillana más propios de tienda de suvenires baratos. Y a medida que avanza la noche, el ambiente es cada vez más sórdido y alcoholizado. Esta era la idea que tenía de la famosa Feria. Pero uno de los beneficios de viajar es precisamente romper nuestros prejuicios y conceptos preestablecidos. La Feria de Abril sevillana me deslumbró.


Una multitud de calesas iban y venían entre el barullo de gente que entraba y salía de las casetas. Las señoras, elegantes y bellísimas, se envolvían en coloridos volantes con lunares o alegres estampados y se recogían el pelo con peinetas y claveles que las embellecían aún más. Muchos hombres montaban orgullosos sobre sus caballos ataviados con el tradicional traje corto con fajín, polainas y sombrero de ala ancha.


Desde el interior de las casetas resonaban las risas, el guitarreo y las copas de vino al chocar. Todo eran sonrisas, caras emocionadas y ojitos brillantes. La alegría flotaba en el aire. Después de un par de rebujitos, la gente se arrancaba a bailar, vueltas y vueltas, brazos arriba, brazos abajo, y una vuelta más, y otra, sin marearse, sin perder nunca el compás. El movimiento era embriagador. Así pues, a ponerse guapos, perfumaítos, y la camisa bien planchá, mejor con un clavel en el ojal. ¡Ya se oye el taconeo!
«Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero» (Antonio Machado)

10 de agosto de 2016

Asturias, caminos de hierba

Con la misma curiosidad que tenía la primera vez que preparé la mochila para ver mundo, esta vez hice una escapadita cercana, a tan sólo una hora de avión desde casa: Asturias, no podía tenerla más cerca. Ahora, a mi regreso, me sobran motivos para volver cuanto antes. Recién aterrizados en Oviedo, callejeamos entre antiguas reliquias de la que antaño fuera capital regia y vetusta del reino astur. Nos recibió un aire húmedo y helado, disfrazado de estío. Comentamos con la recepcionista del hotel lo frescas que nos parecían aquellas temperaturas. –El cielo siempre suele estar gris pero ya ves que hoy hace calor. ¡Así es Asturias! –respondió la recepcionista. ¡Calor! Desde luego, nosotros no notábamos ningún calor abrigados con chaqueta en pleno julio. Nos encaminamos a Santa María del Naranco y la cercana San Miguel de Lillo, dos viejas iglesias prerrománicas situadas en las afueras de Oviedo. Su austera belleza, algo tosca, sobresalía armónicamente entre el verdor que las rodeaba. Poco después partimos hacia Cangas de Onís, la puerta de entrada a Picos de Europa. El puente romano que cruza el rio Sella es imponente y aún conserva intacta su estructura de piedra desde la época medieval.


La niebla aún cubría las puntiagudas torres del Santuario de Covadonga cuando llegamos a primera hora de la mañana. Por momentos, la niebla se abría y nos mostraba las grandes y erosionadas formaciones de roca caliza que custodiaban el santuario en torno al valle. Entonces, durante algunos instantes, el santuario parecía emerger de un silencioso y profundo sueño. Pero a los pocos segundos, volvía a espesarse la niebla, densa y blanquecina. Y allí, en el interior de una pequeña cueva, estaba La Santina, la Virgencita de Covadonga, tan profundamente arraigada en el corazón de los asturianos. Nos acercamos a los lagos de Covadonga, a unos pocos kilómetros del santuario. La niebla empezó a disiparse al comenzar la caminata hasta la Porra de Enol y, poco a poco, se retiró el pálido velo que ocultaba aquellos lagos de aguas profundas y oscuras. En las orillas, pastaban centenares de vacas en las suaves praderas de hierba fresca.


Despertamos a la mañana siguiente maldiciendo nuestra suerte, pues teníamos previsto realizar la ruta del Cares entre los pueblecitos de Poncebos y Caín, pero el día amaneció envuelto en niebla. Recordé a la recepcionista del hotel de Oviedo: –¡Así es Asturias!. Pero al poco de calzarnos las botas e iniciar la caminata de la ruta del Cares, el sol empezó a asomarse tímidamente. Al final, recorrimos durante una mañana soleada y radiante el desfiladero que sigue al rio por una de las rutas de senderismo más bellas que recuerdo. Tras haber almorzado una sabrosa trucha fresca en un restaurante de Caín, nos recogió un 4x4 que contratamos el día anterior. El conductor era un chico muy joven oriundo de Sotres, una aldea cercana. Después de un arduo trayecto por una estrecha carretera, pasamos por Fuente dé, continuamos hacia Espinama, y a partir de allí comenzó el ascenso en 4x4 al corazón de los Picos de Europa. La carretera trepaba entre los cerros, pedregosos y desprovistos de árboles, a ratos ocultos por la niebla húmeda y espesa que cubría el cielo.


Arriba, en el vasto y solitario páramo que rodeaba a la ermita de la Santuca de Áliva, pastaban las vacas. Varias manadas de caballos trotaban sin miedo alguno sobre el verdor de aquellas praderas, flanqueadas por las abruptas siluetas de las montañas. Por la ventanilla del coche entraba un aire frio que olía a hierba. Bajo la llovizna, una yegua airosa galopaba con brío, salvaje y libre, seguida del trote torpón de sus potrillos. Las cimas rocosas y casi siempre nevadas de los Picos de Europa se perfilaban en la lejanía. Al poco rato, circulábamos por una carretera tan estrecha que parecía que el coche se encogía. La pista se abría al precipicio por ambos lados y un viento atroz sacudía el coche. Lo cierto es que sentí algo de miedo. Comenzó el descenso y al cabo de unos kilómetros el prado se convirtió en un hayedo a la altura de los invernales de Igüedri, unas antiquísimas casas usadas como refugio de ganado durante los largos inviernos. El chaval que conducía el 4x4 arrimó el coche a un lado de la carretera, junto a una de las casas, y empezó a nombrarnos, una a una, a todas sus vaquines. ¡Era su casa! Durante la temporada baja, cuando las nieves ahuyentan a los turistas de Picos de Europa, se dedicaba al pastoreo. El día culminó con una copiosa cena de cabrito a la sidra en un restaurante de Asiegu, junto a un mirador del Naranjo de Bulnes. La tarde moría y su luz mortecina era apenas el débil reflejo de lo que había sido el gran día que allí terminaba.


Bajo el cielo encapotado y gris, al día siguiente emprendimos la marcha hacia la costa. El paisaje se mantuvo monótono hasta alcanzar Ribadesella: praderas verdes, ocasionales riachuelos de aguas oscuras, pequeños caseríos y orondas vacas. Al llegar, el sol ya había vencido sobre las nubes y la luz acerada del verano cantábrico alumbraba el puerto. El aire arrastraba olor a algas marinas y un oleaje brioso golpeaba constantemente la arriscada costa. En Llanes, el sol volvió a esconderse y comenzó a lloviznar. Decidimos resguardarnos de la lluvia en un restaurante, comiendo unas zamburiñas y un buen chuletón aderezado con un culín de sidra. ¿Qué otra cosa mejor puede hacerse en Asturias un día lluvioso?


A un corto paseo andando desde el puerto encontramos la playa de Toró, repleta de pequeñas y retorcidas formaciones rocosas esparcidas a lo largo de la playa. La bajamar le daba un extraño aspecto de desierto lunar cincelado por las olas. De regreso a Ribadesella dejamos atrás la bella ensenada de Niembru y el arco rocoso de la playa de San Antolín. Allí mismo aparcamos el coche, en un lateral de la carretera costera, atraídos por el dorado atardecer que prometían aquellas nubes. Con la marea baja de la tarde, la playa se tendía en una ancha lengua blanca de fina arena que, al fondo, empapada por el mar, reflejaba el cielo. Olía a océano. La bajamar había dejado extendidas delgadas líneas oscuras de algas y sargazos sobre la arena, y las gaviotas revoloteaban buscando alguna chirla arrastrada por las olas. El sol estaba bajo y cubría de oro la línea del horizonte. Asturias ya me había dejado una honda huella.


Sin rastro de nubes, amaneció el día siguiente en Lastres. El cielo matutino era claro y espacioso, y el mar, sosegado, chispeaba con el brillo metálico del sol. ¡Incluso hacía calor! Nos acercamos al faro, a unos pocos kilómetros de Lastres. Poco antes de llegar, el vuelo de las gaviotas anunciaba la proximidad del mar y ya se avistaba en la lejanía el espumoso y brillante oleaje del Cantábrico. Nos detuvimos en Gijón para almorzar y, tras un breve paseo por el puerto, continuamos hacia Cudillero. Cientos de gaviotas graznaban estrepitosamente sobre los pescadores, que recogían las redes tendidas sobre el muelle. La suavidad de la luz cantábrica empalidecía aquella tarde las coloridas casas. El pueblo se erguía sobre las empinadas laderas de los montes que lo rodean, escalonado hacia arriba, como si fuera un gran anfiteatro desde el que contemplar el mar embravecido.


¡Así es Asturias! –nos había advertido aquella recepcionista de Oviedo. La mañana siguiente amaneció hosca. La niebla era espesa y envolvente, y el cielo tan gris que apagaba los colores del mundo. Además, llovía sin parar. ¡Así es Asturias! Para asentar la cena de cachopo asturiano de la noche anterior, nada mejor que un paseo. Y mejor si es bajo la lluvia. De modo que, encapuchados y encogidos bajo el chubasquero, salimos a recorrer el puerto de Luarca. Decenas de coloridos barcos de arrastre se mecían en la rada con la marea alta en día de mar brava. El aire era salitroso y frio. La lluvia remitió y, en ocasiones, asomaba la débil lumbre del sol asturiano con una timidez sombría, como si temiera la presencia de las nubes. No teníamos ninguna prisa por partir, pero los billetes de avión indicaban lo contrario. Así pues, tomamos la carretera rumbo al aeropuerto. Nos sentíamos felices de percibir ese aire rural que emana de Asturias a todas horas: ver a alguien que al pasar por una aldea para su coche y baja la ventanilla para charlar con un conocido; cruzar praderas recién segadas, con la hierba recogida en grandes fardos cilíndricos; el olor a heno que entra por la ventanilla del coche; el tintineo de los cencerros de las vaquines pastando... Al fondo, más allá de los bosques de hayas y abedules, las sombras inciertas de los Picos de Europa se escondían tras la bruma. Imaginé esos inviernos helados del norte, mientras ruge el viento y bate la lluvia. La dureza invernal contrasta con la dulzura de las gaitas. Así es Asturias. En esta tierra se fusionan las viejas leyendas celtas y los caminos de hierba mojada, la roca y el viento, el mar y dulces melodías de gaitas. Una combinación que conmueve el alma.

22 de julio de 2015

Zanzibar, vientos del Índico

La sombra de la despedida entristecía la última noche de acampada. Largos días de viaje habían despertado entre nosotros la camaradería y la amistad, pero la hora del adiós se aproximaba inexorable. En Zanzibar cada uno viajaría por cuenta propia, aunque parte del grupo coincidiéramos en alguna excursión o en el alojamiento reservado en Kizimkazi. Entre todos rememoramos las experiencias vividas en esas últimas semanas tan intensas. Carmen nos contó al fin, tal como prometió nuestro primer día de acampada, una macabra historia sobre leones y turistas que no pueden aguantar una noche sin salir de la tienda para ir a mear. Las risas levantaron los ánimos pero, aún así, a veces regresaba la melancolía. La despedida es el lado más amargo de los más bellos viajes. A la mañana siguiente en el aeropuerto de Arusha, antes de tomar una avioneta hasta Zanzibar, nos despedimos con inmensa gratitud de Bgweno, Simon, Goodluck y Stephano. Por último nos despedimos de Carmen. No podíamos haber tenido una guía mejor, gran conocedora de la cultura africana, amante de la naturaleza, resolutiva, simpática y divertida. Dejé escapar un par de lagrimillas —No llores, que volverás —dijo riendo. Minutos después, la avioneta despegó. Las nubes nos engulleron enseguida y Tanzania se borró así de mi vista, quedando para siempre prendida en mi corazón y en mi memoria.


Volamos hasta Zanzibar en una avioneta de diez plazas, incluida la del piloto. Tuve que sentarme atrás del todo, pero Javier fue mucho más afortunado y se sentó en el asiento del copiloto. Durante el vuelo, tuvo oportunidad de observar el funcionamiento de la cabina de mandos y la maravillosa visión de las cumbres nevadas del Kilimanjaro sobrepasando las nubes. Una vez activado el piloto automático, aprovechó también el piloto para fotografiar al Kilimanjaro y colgarlo acto seguido en Instagram. Luego almorzó escuchando música con sus auriculares. Tanto se relajó que por unos momentos pensamos que se había quedado dormido. Una hora después, ya estábamos sobrevolando Stonetown, la capital de Zanzibar, a punto de aterrizar. Mientras comentábamos entre risitas nerviosas la actitud tan despreocupada del piloto, la avioneta realizó un pronunciado viraje; resultó que el piloto había soltado los mandos unos segundos para leer un mensaje recibido en su teléfono móvil. ¡Estábamos ansiosos por aterrizar!


El calor del mediodía aún recluía a los habitantes de la ciudad en sus casas y en los patios sombreados. Así que por un breve tiempo, pudimos deambular en soledad por el silencioso laberinto de callejuelas de Stonetown, la Ciudad de Piedra. El sol caía con una dureza implacable sobre los antiguos palacios y las mansiones árabes de piedra coralina que dan nombre a la ciudad. Los bellísimos portones de madera labrada invitaban a asomarnos en su interior. La llamada a la oración del muecín voló sobre los tejados. Desde los minaretes de mezquitas más alejadas, los otros almuédanos se unieron a los rezos del primero y envolvieron la ciudad entera con su canto. Conforme atardecía, Stonetown se poblaba de ruidos, los niños salían a jugar y las mujeres sacaban sillas a la calle para formar pequeñas tertulias. En las estrechas callejuelas, las bicicletas y las motos pasaban a nuestro lado casi rozándonos. Las tiendas se abrían y los hombres parloteaban mientras jugaban partidas de dominó o bao (se juega con semillas o conchas sobre un tablero dividido en cuatro filas de ocho hoyos cada una). Del interior de las tiendas de especias salía un intenso aroma a clavo. Los olores crecían según avanzábamos hacia las calles del bazar y eran especialmente fuertes en las cercanías del mercado de Daranjani. El bullicioso bazar estallaba en colores y vibraba: griterío de vendedores, timbrazos de bicicleta, risas de las mujeres que se agrupaban en torno a los puestos, el alboroto de unos muchachos formando un círculo en cuclillas alrededor de dos jugadores de bao y charlas de ventana a ventana entre vecinos. Dejando atrás los callejones del bazar llegamos al mercado de Daranjani. La lonja, que despedía un tufo insufrible a tripas de pescado, rebosaba de peces y mariscos. Caminamos durante un buen rato sin rumbo fijo, entre el gentío que entraba y salía, vociferaba, regateaba, sudaba, reía, y nos arrastraba por la corriente de vida que desbordaba el mercado.


Desde el puerto, llegó con nitidez el sonido de la sirena de un decrépito barco y nos acercamos andando hasta los muelles. La cálida luz de la tarde caía sobre el mar. El viento soplaba más fuerte y barría la calima. En la rada del puerto fondeaban algunas falucas de pescadores. Caminamos hasta el otro extremo de la bocana del puerto, más allá de la Casa de las Maravillas, el gran palacio del último sultán de Zanzibar. Una liviana faluca regresaba con la vela hinchada por los vientos del Índico. En la orilla, un grupo de niños chapoteaba junto a los armazones corroídos de varias falucas encalladas. Unas mujeres se sentaban en cuclillas y limpiaban las tripas de los pescados o troceaban los pulpos. A un lado, los pescadores iban llegando con su carga, después de recoger las redes. La intensa luminosidad de la tarde lo embellecía todo. El aire tibio y cargado de salitre me acariciaba la piel. Los jardines de Forodhani, frente a la bahía, se llenaron de tenderetes donde se asaba cordero, pulpo picante, pescados con salsa india de masala y otros manjares. Las parrillas de pescado humeaban y los escasos turistas que había esa tarde en Stonetown nos concentramos allí, atraídos por el suculento olor. El sol ya rozaba la línea del mar, dejando su estela ardiente sobre el cielo.


El verdadero lujo es un pequeño bungaló frente a la costa de Kizimkazi, con un fresco techo de hojas de palma y un baño con espejo. Después de dos semanas de acampada, tan sólo queríamos dormir sobre un colchón mullido oyendo el rumor de las olas. La mañana siguiente amaneció triste y nublada pero, con la esperanza de que el cielo se abriera, decidimos ir hasta un par de playas recomendadas del norte de la isla, Kendwa y Kiwengwa. La carretera corría en paralelo al mar entre altísimos cocoteros mecidos por el viento. Atravesamos míseras aldeas de chozas de piedra de coral cubiertas por hojas secas de palmera. Una familia de colobos rojos, especie endémica de Zanzibar, cruzó rápidamente frente al bus. Tras una hora y media de baches y brincos, alcanzamos Kendwa. A media mañana los cielos se abrieron y el mar resplandeció con un intenso color turquesa. La marea alta hacía saltar las olas espumosas sobre el arrecife y la arena ardía con el sol. A la sombra de un chamizo, unos pescadores jugaban al bao y unas falucas faenaban cerca de la costa, deslizándose veloces sobre el océano.


Pronto nos vimos rodeados por los llamados beach boys, que tanto nos vendían baratijas como nos ofrecían excursiones a diversos puntos de interés turístico. Los beach boys respondían a nombres tan dispares como Marbella, Pulpo, Alfonso, Chiquito… inventados según la nacionalidad de la clientela. Enseguida se percataron de nuestro nulo interés en comprar pulseras o contratar la excursión “ruta de las especias” y dejaron de acosarnos. Aún así, se entretuvieron un rato con nosotros. —¡España! —exclamó uno de ellos e inició de inmediato una letanía de expresiones aprendidas de algún turista español: —buenos días, qué tal, visca Barça, hola-hola coca-cola. Detuvo un instante su discurso, tomó aire y concluyó con voz recia —Olé tus cojones. Comimos en un chiringuito donde nos sirvieron a ritmo zanzibareño, pole-pole, es decir, transcurrieron casi dos horas entre la comanda y el plato servido. Luego nos marchamos hacia la otra playa, Kiwengwa. Al otro lado de la carretera, la línea jade del mar se dibujaba nítida sobre la arena y los cocoteros se balanceaban en un ritmo sensual. En la playa, unos chicos jugaban a fútbol mientras un par de pescadores preparaban sus redes sobre las barcazas varadas en la marea baja.


A las seis de la mañana siguiente, me recogió una faluca en la pequeña playa frente al hotel. Por miedo al mareo, Javier decidió quedarse. Se había levantado muchísimo viento y las olas golpeaban con violencia el casco del barco. La madera del mástil crujía y un joven grumete achicaba el agua que entraba a borbotones mientras la faluca se balanceaba bruscamente de un lado a otro. Mientras tanto, yo estaba empapada, tiritando de frío y con las legañas pegadas aún, agarrándome torpemente a cualquier asidero de la cubierta e intentando no caerme por la borda empujada por la furia del oleaje. La intención era ver los delfines que a primera hora de la mañana suelen nadar a poca distancia de la costa. Me estaba preguntado si había sido buena idea cuando, de repente, allí estaban. Al menos una docena de delfines rodeaban la faluca, saltaban con el vaivén de las olas, pasaban de un lado a otro por debajo de la barca y brincaban velozmente sobre la superficie del mar. Eran tan poderosamente bellos que en ese mismo momento olvidé el madrugón, el frío y el mar embravecido.


La faluca regresó al hotel a tiempo para desayunar. Por suerte para Javier, mientras desayunábamos el viento amainó bastante y las olas se apaciguaron hasta calmarse, así que nos embarcamos de nuevo en la misma faluca, junto a otros compañeros del grupo. Al entrar en mar abierto, el barco apagó su jadeante motor y desplegamos la vela. El viento, que hinchaba la lona mientras las olas mecían suavemente la faluca, soplaba cálido y empapado de una vaporosa sensualidad. La costa resplandecía, cegada por el ardor del día, y el mar chispeaba la luz dorada del sol. Tras una hora de navegación por la bahía de Menai, echamos el ancla cerca de un arrecife de coral para hacer snorkelling un rato y luego continuamos navegando hasta fondear en un idílico y solitario banco de arena. Los olas, que llegaban adormecidas después de romperse contra el arrecife, tenían una tersura transparente, tocadas por un intenso resplandor turquesa. Mientras nos dábamos un chapuzón, los chicos que manejaban la faluca colocaron una parrilla sobre la arena, desplegaron una mesa y unas sillas bajo un toldillo y nos asaron una parrillada de langosta, calamares, pulpo y pescado, aderezado con una sabrosa caldereta, ¡por una quinta parte de lo que se paga en Cala Fornells!


Al viajar, todo está en permanente movimiento y sólo parece detenerse nuestro propio tiempo interno, como si quedara suspendido en el vacío. Mientras el mundo corre a nuestro lado, vemos nuestro propio reflejo detenido en el espejo del tiempo. Por eso, el viaje crea en nosotros la sensación de que los días son eternos. Y sin embargo, aunque no lo percibamos, los días de viaje se suceden uno tras otro hasta llegar al final. Hasta llegar a un billete de avión con fecha de regreso. Ahora vuelve a mis labios el sabor de la cerveza caliente bebida en una parada del camino, donde flota polvo rojizo bajo la calima del mediodía, y noto aún en la piel la delicada caricia del aire de la sabana. Veo de nuevo ante mí un cachorro de león clavando su mirada en la mía y en mis oídos siguen resonando las risas de los niños —Hello mzungu! corriendo detrás de mi bicicleta. No sé si volveré a África algún día, pero sí sé que África volverá siempre a mí.
«Dicen que hay personas a quienes los mapas les son indiferentes, y a mí me cuesta creerlo.»
(Robert Louis Stevenson)

Gracias familia, amigos y lectores espontáneos por seguir el blog, un placer compartirlo.

17 de julio de 2015

Ngorongoro y lago Manyara, el paraíso escondido

Las primeras luces del día llegaron con vaharadas de neblina fría. Nos repartimos todo el grupo en tres 4x4, ante la dificultad de circular con el camión por la estrecha senda que bajaba hasta la llanura central del cráter. Media hora después de recoger el campamento entrábamos en el recinto del área de conservación del Ngorongoro. La niebla iba aclarándose. A la izquierda se abría un gran barranco, donde la vegetación formaba una densa e impenetrable selva. Casi podíamos tocar las nubes. Los silbidos de los pájaros levantaban un hondo eco en el espesor de la jungla. Olía a lluvia, a tierra húmeda y a hierba. El cráter había amanecido rodeado de nubes, pero la fuerza del sol era tan intensa que las traspasaba con luminosos haces de luz dorada. Era tal la belleza de aquel amanecer que el cráter parecía suspendido en el espacio y en el tiempo, cubierto por ínfimas partículas de oro que flotaban en el aire.


Llegamos a la llanura central del Ngorongoro. Los elevados murallones del cráter del volcán trepaban hacia lo alto, formando un círculo verde alrededor de la pradera. A varios cientos de metros, unos elefantes caminaban en fila india, sin prisas. Todo era libre y salvaje. Un rebaño de varios cientos de ñus rodeó nuestro coche. Nos miraban sin miedo, todo lo más alejándose con un breve trote de nuestro paso. Seguíamos y los grupos de cebras se mezclaban con los ñus. También las gacelas saltaban con agilidad delante del coche, alejándose tan sólo unos metros y deteniéndose luego para contemplarnos con sus bellos ojos asombrados. Deteníamos el coche una y otra vez para tomar fotografías. Los animales no se asustaban, ni siquiera las avestruces huían a nuestro paso, pero todos expresaban su desprecio al turista invasor de la misma forma: cada vez que enfocábamos la cámara, el ñu, la cebra, el avestruz o la gacela de turno se daba la vuelta y nos mostraba el trasero.


La llanura del cráter del Ngorongoro se tendía delante, hermosa y colosal, cubierta por la suavidad de la hierba. A lo lejos, vimos unas leonas agazapadas en posición de ataque, rígidas y atentas a cualquier movimiento del solitario ñu que estaban acechando. Podía palparse la tensión del momento. Desde el coche esperábamos con expectación, cámaras y teleobjetivos preparados, ese extraordinario momento en que el gran depredador se abalanza sobre su presa. De repente, una de las leonas bostezó y se dio media vuelta seguida de las demás. A los pocos segundos ya estaban de nuevo perezosamente tumbadas sobre la hierba. Nos adentramos en el cráter y apareció una manada de unos treinta búfalos. El conductor detuvo el coche. La manada se quedó quieta y los búfalos volvieron la mirada hacia nosotros. Los más próximos alzaban la cola, alertaban las orejas y erguían la cabeza. Algunos dejaron escapar un bufido, tal vez una forma de advertencia. Nos observaban sin miedo. Miré al más cercano de todos ellos. Su mirada era intensa y valiente. No eludía mis ojos.


Paramos a merendar junto a una laguna cercana, en la que chapoteaban unos hipopótamos bajo la atenta mirada de un cocodrilo sumergido en el agua casi por completo. Mientras, una bandada de flamencos sobrevolaba la laguna. Poco después, de nuevo en la pista, vimos un rinoceronte que, de no ser por la ayuda de unos prismáticos, hubiera pasado desapercibido en la lejanía. Pastaba tranquilamente, ajeno a todos nosotros, y de vez en cuando, erguía la cabeza alzando su gran cuerno. Pero pese a su temible aspecto, me infundía lástima. El riesgo de extinción de la especie es enorme a causa de la caza furtiva, apenas quedan unos cuantos miles en todo África. Son incalculables los animales que han muerto en África por los disparos del hombre blanco, es probable que hayan sido millones. Hoy, paradójicamente, sólo es el turismo del hombre blanco lo que puede salvarlos. Las grandes cantidades de dinero que provienen de turistas ansiosos por ver animales en libertad impulsan la lenta, y esperemos que inexorable, recuperación de la fauna africana.


Subiendo por la estrecha carretera, al abandonar el recinto del Ngorongoro, una familia de elefantes oculta por el espesor de la arboleda se encaramaba hacia el borde del cráter, muy cerca del lugar donde habíamos acampado durante la noche anterior. Al detener el coche y retroceder unos metros para verlos mejor, casi atropellamos un búfalo que descansaba tumbado al borde de la carretera. Al descubrir el búfalo medio cubierto por la maleza enseguida gritamos al conductor para que frenara. Sin embargo, el búfalo ni se inmutó. Ningún animal se asusta del hombre en Ngorongoro, tal vez, porque no nos conocen lo suficiente. Si conocieran la verdadera naturaleza humana huirían despavoridos.


De camino a Mto Wa Mbu, el animado pueblo donde pasamos nuestra última noche de campamento, empezamos a ver algunos gigantescos baobabs de troncos nudosos exageradamente gruesos y de robustas ramas torturadas. Es el más extraño y hermoso árbol africano. Precísamente en torno a un baobab, en Mto Wa Mbu había un mercado de artesanía para turistas que desembocaba en otro pequeño mercado de frutas y verduras. Aprovechamos para tomar unas cuantas fotografías a unos tenderos que posaron encantados y al punto se enrollaron a preguntas: de dónde vienes, adonde vas… Eran simpáticos. Uno de ellos, al responder que veníamos de España, recitó toda la alineación del Barça. Luego canturreó Macarena, en un español incomprensible, mientras el otro palmeaba siguiendo el ritmo.


Faltaban al menos tres horas para anochecer, así que las aprovechamos para alquilar unas bicicletas y llegar pedaleando hasta el lago Manyara. El cielo amenazaba con un buen chubasco que finalmente se redujo a unas cuantas gotas. Las aguas del lago estaban tan calmadas que reflejaban el cielo gris como un espejo plateado. Una línea de color rosa en el horizonte rompía la monotonía de grises. Eran cientos de flamencos que caminaban suavemente rozando apenas la superficie del agua. El color rosáceo del plumaje se agudizaba con la luz del sol y su reflejo en el agua volvía también rosa la laguna. Tanto la ida como la vuelta fueron muy divertidas. Atravesamos con las bicicletas campos de maíz y bananos por senderos cubiertos de fango y pedruscos. A nuestro paso, mucha gente nos saludaba sonriente —Hello mzungu! Los niños corrían alborotados detrás de nuestras bicis o jugaban a esconderse, luego nos gritaban mzungu y si parábamos a saludarles o a intentar hacerles una foto, huían riendo. Al llegar a la única calle asfaltada de Mto Wa Mbu, adelantó a nuestras bicis un abarrotado matatu y los pasajeros asomaron sus rostros curiosos desde la ventanilla para observarnos. Paramos en un cafetucho del pueblo donde nos habían recomendado probar la popular cerveza de plátano que nos sirvieron a temperatura ambiente. Era tan espesa y agria que sólo fuimos capaces de tragar un sorbo pero al menos nos reímos un rato viendo la expectación que causamos.


La persecución de un sueño mítico, como en este caso el cráter del Ngorongoro, siempre supone un cierto grado de ingenuidad y, a veces, de decepción. Lo cierto es que esperábamos encontrar muchos más animales en Ngorongoro, pero nada puede parecerse nunca a lo imaginado. El mundo ha cambiado, nada es como fue ni como lo imaginábamos de niños. África no volverá a ser nunca aquella tierra inexplorada. En las grandes extensiones de la sabana, los cazadores furtivos han dejado inmensos charcos de sangre donde antes pastaban los rinocerontes. Al pie del Kilimanjaro hay una valla publicitaria de cocacola y muchos masais, antaño fieros guerreros, reclaman dinero por dejarse fotografiar. El planeta entero ha entrado en un proceso irreversible de uniformidad. Me pregunto si la aventura existe todavía en esta aldea global en que ha llegado a convertirse el mundo, si aún es posible soñar. Y la respuesta es siempre sí.
«Porque viajar no es un empeño en busca de lo imaginado, no es la persecución de algo que uno quiere ver, cerrando los ojos a todo lo demás. El viaje es para aquellos que no saben muy bien hacia dónde se dirigen ni conocen con exactitud lo que buscan. Es para los que intuyen que encontrar no es lo importante y que cumplir un sueño puede ser, sobretodo, darse de bruces con la aventura.»
(Javier Reverte)