7 de octubre de 2012

Torres del Paine, bajo las alas del cóndor

El cóndor volaba sobre sus dominios, en sólo unos momentos se alzaba sobre las altas cumbres nevadas que nosotros aún tardaríamos cinco días en recorrer hasta terminar exhaustos. Tan cansados como felices, a pesar de que no todo salió como nos habría gustado. Llegamos a Puerto Natales a unas cinco horas en bus desde El Calafate junto a la frontera chilena. Dedicamos esa tarde a realizar algunos trámites como comprar billetes de regreso en bus a Argentina, alquilar un hornillo y sacos de dormir, lavar ropa sucia... Apenas vimos nada de Puerto Natales, un pueblo pesquero a la orilla del Última Esperanza, un entrante del estrecho de Magallanes. Después de un madrugón, a la mañana siguiente partimos en otro autobús hacia las Torres del Paine e iniciamos nuestra primera jornada.


Nos inscribimos en la recepción del parque nacional y continuamos hasta el refugio donde empezamos la primera travesía de unas nueve horas. Nada más llegar al refugio agudizamos la vista hacia al fondo del valle del Ascensio, buscando las vertiginosas Torres del Paine, pero las nubes nos lo impedían. Como de vez en cuando se abría algún claro, empezamos a caminar esperanzados. Atravesamos profundos bosques, caudalosos ríos... los nubarrones eran cada vez más espesos pero el encuentro con un huemul (especie endémica parecida a un ciervo) hizo que los olvidáramos por un rato. Saliendo de la nada, el huemul pasó sigilosamente junto al sendero y en un instante se esfumó de nuevo en la nada, como sólo ocurre en los cuentos de hadas. Al cabo de cuatro horas llegamos al campamento y desde ahí iniciamos un brusco ascenso hacia el mirador de las Torres en compañía de un turista estadounidense chiflado y dos japonesas. La nieve ocultaba la senda y soplaba una fuerte ventisca que nos hacía tambalear. A medida que nos íbamos acercando las ilusiones se desvanecían. Cuando llegamos al mirador encontramos un inmenso vacío blanco. Blanco. Emprendimos el regreso al refugio con otro vacío blanco en el ánimo.


La segunda jornada era cinco de octubre, mi cumpleaños! Me levanté a las seis y media de la mañana, me calcé las botas y al abrir la puerta del refugio me estaban esperando las Torres del Paine. El día anterior estuvimos subiendo durante nueve horas para verlas y las muy puñeteras se escondieron, pero ese día, no sé cómo, se enteraron de que era mi cumpleaños y me regalaron un maravilloso amanecer con su nítido perfil enrojecido por los primeros rayos de sol. Empezábamos bien el día. Por supuesto, hubiéramos preferido verlas en todo su esplendor desde el mirador bajo el glaciar, ochocientos metros más arriba, además la Torre Sur sólo puede verse desde allí, pero así es la montaña. Partimos hacia el refugio Los Cuernos, una bellísima y tranquila travesía de poco desnivel, bordeando las increíbles aguas turquesa del lago Nordenskjöld. Llegando al refugio pasamos bajo los gigantescos Cuerno Principal y Cuerno Este. Terminamos de cenar unos fideos rancios de esos instantáneos, hechos con el hornillo. En ese momento compartíamos la mesa del refugio montañeros de todas partes del mundo, unos eran de Canadá, de Chile, otros de Holanda, de Japón. De repente me doy cuenta de que todos me miran y me sonríen. Happy birthday to youuu happy birthday to youuu ♫ y me plantan delante un tarta con un par de velitas para soplar. Javier, que es un solete, al llegar al refugio les pidió a los chicos encargados si podían preparar una pequeña tarta. Y así es como celebré mi cumpleaños con la alegre compañía de una docena de montañeros desconocidos.



Al día siguiente madrugamos muchísimo y con las primeras luces del día nos adentramos en el valle del Francés. Bosques hermosos y espesos, angostos desfiladeros, riachuelos, cascadas, lagunas heladas, picos de formas inesperadas... Durante las primeras dos horas subimos sin muchas esperanzas de ver algo más que niebla, pero al llegar al primer campamento, nos encontramos con un guardabosques que nos animó a seguir subiendo hasta el segundo. Según decía, el cielo se abriría durante un rato a media mañana. Y tenía razón. Al llegar al segundo campamento vimos algunos claros de cielo azul iluminados por el sol. Y allí estaban los Cuernos del Paine, los imponentes gigantes de roca. Seguimos subiendo el último tramo hasta alcanzar el mirador, sacudidos por los violentos resoplidos del viento patagónico y rodeados por los Cuernos del Paine. Gritamos fuertemente porque sí, por el simple impulso de vaciar los pulmones y llenarlos de alegría. El viento ahogaba los gritos y nadie podía oírlos. Gritamos más fuerte aún —¡Cuernos del Paine, aquí estamos!


Y llegó la última jornada, una breve travesía de cuatro horas desde el refugio Paine Grande hasta el mirador del glaciar Grey. Encaramados a un acantilado de matorrales y pedregal apenas podíamos sostenernos por la furia del viento. Abajo en el lago, flotaban a la deriva los azulados témpanos de hielo desgajados del inmenso glaciar Grey. De regreso al refugio, cogimos el catamarán que zarpa cada mediodía, cruzando el lago Pehoé, y traslada a los montañeros hasta el embarcadero por donde pasa la pista de tierra para vehículos más próxima a Torres del Paine. En la furgoneta de regreso a Puerto Natales, pudimos contemplar en toda su extensión las increíbles montañas por cuyos senderos habíamos estado caminando estos últimos días. Las llanuras bajo las faldas de las montañas eran también impresionantes por la cantidad de fauna que pudimos encontrar: ñandúes (como un avestruz pequeño), guanacos, pájaros carpintero y una gran variedad de aves, liebres y algún zorrito. Todos esos animalillos van subiendo hacia la montaña a medida que va entrando la primavera. Tal vez hemos venido un poco pronto, los bosques aún no estaban en todo su esplendor, según nos contaron unos montañeros chilenos. Después de todos estos días colmados de prodigios y de recorrer a patita casi 70 kilómetros y más de 6.000 metros de desnivel acumulado, he llegado a dos conclusiones: La primera es que la naturaleza nunca deja de sorprendernos y la segunda es que quizás me sobren unos quilillos pero ¡tengo unas piernas fuertes!

5 comentarios :

Anonymous dijo...

EEEEEEyyyyyyyyyyyyy!! entonces qué?? ya estais comunicados o qué? ya he perdido la noción del tiempo, espero que vosotros no y que se no se os olvide volver a casa...que con tanta maravillosa aventura es fácil despistarse...besos, me voy a clase:((

Anonymous dijo...

Ala... d'aquí ja directament apuntats a s'UltraTrail. Començaré a fer les inscripcions i preparatius...

:P

Neus Nebu dijo...

Querída amiga, con un par de días de retraso te mando un beso enorme y un molts d'anys msllorquín!
Con ganas de veros y de escuchar lo que vamos siguiendo desde el blog.

Mua!

Anonymous dijo...

Que mes es pot demanar ?
Celebrar els anys amb les Torres del Paine, el teu "solete" i muntanyers!!

Molts D'Anys

Una abraçada,
Miquel i Ara

Javier y Katiana dijo...
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