21 de septiembre de 2013

Arequipa, besada por la luna

Cuando la luna se separó de la tierra, olvidó llevarse a Arequipa, o eso dicen. Sabíamos que era una exageración, un reclamo turístico, pero no esperábamos encontrar una ciudad tan bonita. Arequipa está en tierra de volcanes, y eso la embellece aún más. Llegamos ya de noche en bus desde Puno, y a la mañana siguiente, tomamos el desayuno en la azotea del hostal. Mientras mojaba la galleta en el café con leche, la cumbre nevada del volcán Misti se erguía frente a nosotros. La mañana era apacible y azul, pero el volcán, con su silencio amenazador, vigilaba de cerca las bonitas cúpulas y campanarios de Arequipa.


Tras patear la ciudad la mañana entera, curioseamos un buen rato por el ajetreado mercado de San Camilo, donde comimos un rocoto relleno, en su punto justo de picantillo. Luego tomamos tranquilamente un cafetito bajo los soportales de la plaza de Armas. Aún no habíamos visitado el convento de Santa Catalina, pero no teníamos prisa. "No tenemos prisa, verdad? Sólo es un convento." ¡¿Sólo un convento?! Salas inmensas, patios, capillas y claustros se sucedían sin fin uno tras otro. El convento de Santa Catalina es una pequeña y bellísima ciudad de silencios y penumbras, ajena al bullicio de Arequipa.


Ayer tomamos caminos separados. Javier suele marearse en los trayectos largos y decidió no ir al cañón del Colca cuando nos enteramos de que llegar al mirador del Cóndor suponía seis horas de curvas vertiginosas en autobús entre la ida y la vuelta. En su lugar, se largó a hacer el cabra bajando un volcán en bici alquilada con unos canadienses que conoció. Yo, mientras tanto, tomé un autobús hacia el cañón del Colca. Aún era de noche cuando partió, así que aproveché para echar una cabezadita. Poco tiempo después, al despuntar el alba, abrí los ojos y me topé con una ensoñación. Una infinita llanura, árida y desolada, se perdía en el horizonte. Al fondo, en la lejanía, se recortaba en el cielo del amanecer la silueta de un volcán humeante. Una inmensa luna llena flotaba aún en el cielo momentos antes de ocultarse. Todo era irreal, onírico, como si no hubiera despertado aún. En ese instante quise girarme hacia Javier: —¡Mira, mira! ¿Has visto eso? Perdón, upss, sorry Un gringo rubio y gordo dormía en el asiento de al lado. Bruscamente, el conductor tomó una curva y aquella magia desapareció. Ninguna foto, nada. Me guardé ese momento en la cajita de sándalo que llevo siempre conmigo, en mi interior.


Un par de horas después, el autobús paró en la Cruz del Condor, el mirador más espectacular del cañón del Colca. Una pareja de cóndores sobrevolaba en ese momento las cabezas de los turistas que se agolpaban frente al mirador. De regreso a Arequipa, nos adentramos en el valle. Un riachuelo serpenteaba por una ciénaga y las profundas grietas causadas por los terremotos surcaban los cultivos de papas, quinoa y maiz. Mientras, los campesinos araban los campos con sus desgastados ponchos de alpaca, que aleteaban con el viento andino. Cada vez que el autobús paraba en una aldea, en pocos minutos se formaba rápidamente a nuestro alrededor un pequeño y ajetreado mercado ambulante de empanadas de queso, tamales y algunas chucherías para turistas. Al regresar a Arequipa, Javier me esperaba en el hostal y enseguida nos apresuramos en contarnos nuestras aventurillas del día. ¿Pero cómo podía explicarle lo que había visto esa mañana al amanecer? Aquella llanura infinita y onírica, un volcán humeante en el horizonte y una inmensa luna llena flotando ante mis ojos. ¿Cómo explicar la magia?
«Quien busque el infinito, que cierre los ojos.»
(Milan Kundera)

4 comentarios :

Jaume B. dijo...

Gràcies per compartir els teus relats amb noltros. Bon viatge Katiana!

Anónimo dijo...

Dichosos aquellos que saben ser practicos y coherentes. Para que "joderse" (perdón) uno por el otro, cuando haciendo un "divorcio pactado" cada uno queda de lo más contento... haciendo algo que le llena a uno y que dificilmente podras volver a hacer. Y al final, luego en la noche, en la penumbra de una "calida habitación" todo queda solucionado... Todo queda controlado... todo queda "entre vosotros",

Una abraçada,
Miquel

Anónimo dijo...

Vivir un viaje -aunque sea por unas horas- sin la presencia de tu acompañante, suele ser enriquecedor. Un periodo de tiempo para sentirse independiente, aventurero y un breve espacio para la reflexión y el reencuentro con uno mismo.

Divorcios así, bienvenidos sean!

Neus.

Katiana Marí dijo...
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