18 de septiembre de 2013

Lago Titicaca, el tiempo detenido

Cuentan las leyendas, que en el lago Titicaca amaneció el primer sol. Es sólo una leyenda, pero es bien cierto que una corriente de misticidad atraviesa esas aguas tranquilas y oscuras, por donde hemos estado navegando durante dos días. Pero antes de llegar al lago Titicaca, nos entretuvimos casi un día entero en Ollantaytambo. Aprovechando que el tren de regreso de Aguascalientes a Cuzco paraba allí, decidimos modificar un poco nuestro itinerario y pernoctar en Ollantaytambo. A la mañana siguiente, cuando nos disponíamos a visitar las ruinas inkas del pueblo, se nos ocurrió contratar los servicios que nos ofrecía un guía en la entrada del recinto. ¡Qué gran acierto! Lo mismo ocurrió con la visita guiada de Machu Picchu: media chacana cuya otra mitad se completa con la sombra proyectada durante el solsticio de verano, un calendario solar esculpido en la piedra o una pila que recogía el agua derramada durante los sacrificios. Con las explicaciones del guía, todo aquello que antes no eran más que piedras esparcidas por el suelo, de repente, adquiría una significado asombroso.


De noche, tomamos un bus nocturno hasta llegar a Puno, a orillas del lago Titicaca, a las seis de la mañana. Con un poco de sueño aún, desayunamos y tan sólo una hora después partimos en una lancha hacia las islas de los uros. La llegada a las islas de los uros fue un tanto desconcertante. Los uros son una comunidad indígena que vive sobre balsas flotantes que construyen con totora, un junco que crece a orillas del lago Titicaca. Al desembarcar nos recibieron unas señoras vestidas con sus mejores galas. Acto seguido, nos dieron una breve charla sobre sus costumbres y su modo de vida para terminar con un muestrario de la artesanía que vendían, muy bonita por cierto. Mientras tanto, llegaban con otras lanchas docenas de turistas cámara en ristre. Todo resultaba tan artificial como un parque temático.


Al poco rato, partimos hacia la isla Amantaní y durante las tres horas de travesía empezamos a hacer amistad con Ana, una ecuatoriana encantadora, y con el mexicano Alfredo, una de esas personas, que a veces se cruzan por el camino, de las que se comen la vida a bocados. ¡Cómo nos hemos reído estos últimos días! En la isla Amantaní se practica el llamado turismo vivencial, es decir, cuando un turista llega a la pequeña isla, el encargado del alojamiento le asigna una familia que lo acogerá durante una noche en su casa a pensión completa por un precio tirado. El sistema de asignación es rotativo, pues todos los ingresos repercuten en la comunidad de cuatro mil habitantes que vive en la isla. A nosotros se nos asignó la familia de Don Rogelio y Doña Ana Ruth. Nos han atendido de maravilla aunque apenas hablaban español, sólo quechua.


En la isla Amantaní apenas hay suministro de luz y agua corriente. La vida es sencilla y humilde, y el reloj avanza muy lentamente. Sentados en la entrada de una choza de adobe frente al lago Titicaca, se perciben los difusos límites entre el tiempo y el espacio. Al atardecer, subimos con Ana y Alfredo al templo donde los antiguos inkas honraban a Pachamama, la Madre Tierra. El sol desapareció en el horizonte envolviéndonos de rojo enardecido. Bajamos al pueblo ya de noche y, aunque íbamos provistos de una linterna, ni siquiera la encendimos. La luna llena iluminaba el sendero y un velo de blanca palidez cubría las orillas del lago. Y las estrellas... ¡las estrellas! Fue una noche verdaderamente hermosa.


Al amanecer partimos hacia la isla Taquile, más orientada al turismo con tiendas de artesanía y pequeños restaurantes. En el lago Titicaca, el sol reina sin piedad y quema los rostros indígenas. Esos rostros angulosos y severos, tostados por el inclemente sol, también son de sonrisa amable y ademanes gentiles. Los amantaníes, los taquiles, los uros... cada cultura es un río navegable a través de la memoria, cuyas aguas arrastran infinidad de voces. Probablemente dentro de unos años ya no existirán, engullidos por ese monstruo globalizador que poco a poco convierte nuestro mundo en un lugar más homogéneo, más insulso, más aburrido. Pero hoy existen. Recuerdo cuando era niña que en la Ibiza de mis raíces familiares algunas ancianas payesas vestían atuendos tradicionales, con su delantal de rayas, su mantón negro bordado y su larga cabellera trenzada. Hoy estarán muertas, pero yo las sigo recordando. Existieron. Igual que ahora existen los uros.

2 comentarios :

Anónimo dijo...

"Titicaca" ?? pero això no es quan el Barça juga be?. Quechua?? això no es una marca de Decathlon??
je,je,je...

Segur que estau per el Peru????

Les fotos molt bones!!

Una abraçada i seguiu disfrutant del viatge.

Miquel i Ara

Anónimo dijo...

Bones Katiana,
Des de l'ordinador creix la meva enveja.
Estic preparant la teva tornada ji ji ji jo

Un amic