10 de septiembre de 2013

Cuzco, los hijos del Sol

Para prevenir el mal de altura, o soroche, se recomienda beber mucha agua, tomar infusiones de coca y, sobre todo, tomarlo con mucha calma las primeras horas. Pues bien, aterrizamos en Cuzco, a 3.400 metros de altitud, y lo primero que hicimos fue meternos a empujones en un autobús destartalado,apretujándonos contra el resto de pasajeros y brincando a ritmo de los baches. Sobre todo tomarlo con calma. Cuando parecía imposible que cupiera alguien más en el autobús, en la siguiente parada subía media docena de cuzqueños. Tomarlo con calma, tomarlo con calma. Bajamos en la parada más próxima al hostal y volvimos a cargar las mochilas jadeando cuesta arriba.            Con calma, con calma. En ese momento notamos un intenso dolor de cabeza. Y así nos recibió Perú, ¡¡con el maldito soroche!! Afortunadamente duró sólo un par de horas.


El resto del día nos limitamos a realizar una serie de trámites: comprar billetes de autobús, reservar alojamiento... Ya había anochecido cuando pudimos conocer un poco Cuzco, sin mapa y sin rumbo fijo, que ya habría tiempo para eso. En la noche cerrada de Cuzco, las sombras revelaban una bellísima ciudad castellana de amplias plazas con soportales, paredes encaladas, balcones de madera profusamente labrada e iglesias barrocas. Pero a la mañana siguiente, al apuntar el alba, por todas partes afloraban los robustos muros incaicos, tan sobrios y áusteros. Sorprendentemente, esos grandes bloques de áspera roca encajan como un rompecabezas, perfectamente pulidos y ensamblados sin argamasa. Así como los inkas arrasaron con otras civilizaciones precedentes, los españoles arrasaron con los inkas. Aún así, nuestros antepasados conquistaron la tierra, pero fueron incapaces de demoler esos fuertes muros que han sobrevivido a las conquistas y al inclemente paso del tiempo, escondidos bajo las iglesias católicas y palacios castellanos.


Tomamos un bus hacia el mercado dominical de Chinchero, con tanta suerte que coincidimos con las fiestas de la Virgen de la Almudena. El pueblo entero era un constante y alegre ir y venir de campesinos de rostros  adustos, curtidos por el sol, con sus vistosos ponchos. Los campesinos recorrían todo el pueblo alzando a la Virgen sobre un estrafalario altar de lentejuelas y purpurina. La población de los valles andinos sigue hablando el quechua y mantienen sus ritos paganos, camuflados en la liturgia católica.


Entre risas y bailes, comparsas y charangas, llegó el mediodía y comimos una buena ración de pollo frito con cebolla caramelizada en un corral habilitado como restaurante para la ocasión. Después de visitar las ruinas inkas de Chinchero, por la misma carretera nos dirigimos hacia los fabulosos bancales inkas de Moray y las salinas de Maras, uno de los paisajes más sorprendentes de la región. Sin embargo, la profusión y belleza de los yacimientos incaicos no logra ocultar la dureza de la vida a tanta altitud. El maíz y la papa son la base de la subsistencia y la población sigue apegada a los ciclos agrícolas o a trabajos arcaicos como la extracción manual de sal en las salinas de Maras.


Ayer lunes, dedicamos el día entero a patear Cuzco, la ciudad que una vez fue el centro del mundo. Todo el universo inka gravitaba en torno a esta ciudad, levantada a más de tres mil metros de altitud. Cuentan las leyendas que el primer inka recibió el encargo de Inti, dios del Sol, de encontrar el ombligo de la Tierra, llamado qosq’o en quechua, donde fundar una gran ciudad embellecida de templos y palacios. Estremece imaginar quán bella debió ser. Aprendimos esta lección de historia pateando Cuzco, empezando por la hermosa plaza de Armas y terminando en San Blas. Y al caer la tarde, nos entretuvimos un buen rato en el ajetreado mercado de San Pedro, bullicio y vitalidad a raudales.

Hoy hemos tomado un bus hacia el mercado de Pisaq, pero no nos ha entusiasmado demasiado. Es poco más que un amasijo de puestos de chucherías para turistas. De vez en cuando, alguna cholita (como se denomina popularmente a una campesina indígena con vestimenta tradicional) se nos acercaba con una llama en brazos para pedirnos dinero por una foto. En fin, todo muy "auténtico". En menos de media hora ya hemos huido de allí hacia las ruinas inkas de Pisaq que no son espectaculares, sino lo siguiente. Esas piedras ancestrales esconden magia.



Tengo la sensación de que los inkas no murieron del todo, de que siguen viviendo bajo esos ásperos muros. La sensación de que cada piedra nos habla, nos susurra antiguas fábulas sobre el sol, la luna y el jaguar. Hoy, tal vez no queden más que ruinas, pero si aguzamos el oído aún se oye la tonalidad melancólica de una flauta andina. Sólo hay que escuchar.

2 comentarios :

Katiana Marí dijo...

amiguitos mios, no sé que ha pasado (o qué he hecho) pero se han borrado los comentarios tan divertidos de la bottle, qué rabia, arrrrgh!!!

Germán dijo...

Pasadlo bien pareja y tomaros una cup of café con leche en la plaza mayor de los Incas a nuestra salud.

la botella haciendo el ridículo (one more time)