8 de febrero de 2017

Cádiz, el escondite del viento

El luminoso sol del Sur cayó sobre nosotros durante todo el trayecto de carretera. Una luz cegadora se desprendía del cielo y nos sonreía, dándonos la bienvenida a Cádiz. Quienes nacimos en el Mediterráneo ya conocemos bien esa luz, tan arraigada en nuestra alma. Tan arraigada que no sabría vivir sin sol que acaricia la piel y adormece los sentidos, que apacigua los temores y calma los pesares.


Nos hospedamos en un hotelito justo detrás de la catedral. A una buena distancia desde el mar, ya era visible su hermosa cúpula recubierta de azulejos dorados, que encaja a la perfección con la fisonomía gaditana de aires coloniales. A esas horas de la mañana la catedral resplandecía en cada ola que llegaba, alumbrada por la misma luz de tantas épocas vividas, de fenicios y cartagineses que abrieron paso a la Antigua Roma y al esplendor de Al-Andalus.


El puerto fue durante siglos el punto de partida hacia nuevos horizontes al otro lado del Atlántico, aglutinando el flujo mercantil con América. Llegamos hasta La Caleta, paseando entre palacios barrocos y elegantes casas señoriales con sus características torres miradores, que evocan al malecón de La Habana o a cualquier ciudad colonial de suaves colores. Aunque en este caso, la brisa marina nos trajo, además, olor a tortillitas de camarones, riquísimas raciones de choco, chipirones y unas deliciosas ortiguillas que nos llenaron la boca de sabor a mar.


Varias decenas de barcas se mecían suavemente varadas en La Caleta. Las gaviotas revoloteaban en torno a los pocos pescadores que aún no habían recogido sus redes, con la esperanza de capturar algún pececillo que hubiera quedado enredado. Atardecía tras la línea dorada del horizonte y el mar chispeaba con el brillo de los últimos rayos de sol.


A la mañana siguiente nos despertó un chaparrón primaveral que duró hasta bien entrada la mañana. Nada más llegar a Vejer de la Frontera, el cielo se abrió y apareció de pronto un azul radiante y luminoso que contrastaba con el blanco inmaculado del pueblo. Con la única compañía de un gato negro que se nos acercó ronroneando, deambulamos por los callejones estrechos y solitarios que serpenteaban entre las casas de fachadas amplias y encaladas, portones de madera claveteada y ventanas enrejadas. Todos terminaban en alguna pequeña plaza, quieta y silenciosa, donde sólo se oía el rumor del agua que brollaba de una fuente de azulejos. La dorada luminosidad de la tarde embellecía Vejer.


Tras una suculenta cena en el restaurante El Jardín del Califa, subimos a la azotea. Los aires marinos mecían suavemente las palmeras. La noche, negra y brillante, estaba poblada de estrellas y un cuarto creciente de luna pendía del cielo. En ese momento fue cuando sentí que estaba justo donde quería estar.

No hay comentarios :