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13 de octubre de 2012

Buenos Aires, otra nostálgica letra de tango

Volvemos al cemento, al tráfico, volvemos al ritmo apresurado. Volvemos a Buenos Aires después de tres semanas, dejando atrás espacios tan grandes como los silencios. Hemos aprovechado para patear algunos populosos barrios como Palermo y Recoleta que no tuvimos tiempo de recorrer durante los primeros días. Palermo es un batiburrillo de tiendas de moda, galerías de arte y bares donde se agita el ambiente cultural y bohemio. Entramos para curiosear en una galería de arte durante la inauguración de una exposición, es decir, nos colamos descaradamente. Pero fuimos incapaces de centrar la atención en las fotos, tal era el desfile de personajes extravagantes y modernillos que pululaban por ahí.


Hoy estuvimos paseando por Recoleta y nos ha causado la misma impresión que el resto de la ciudad. Intentaré explicarme. Buenos Aires tiene un encanto innegable, repleto de arboledas, elegantes cafeterías, librerías... una ciudad con tantas librerías dice mucho de quienes la habitan. Pero no respira el aire antiguo de cualquier ciudad europea, a pesar de tantas veces que hemos oído a algún porteño exclamar con orgullo "Buenos Aires es el Paris sudamericano"... estooo... ejem, ejem. Quizás sea por el exceso de mamotretos de hormigón construidos en la década de los sesenta o setenta, sustituyendo a algún bello edificio antiguo. En esos tiempos el desarrollo urbanístico se concebía sin ningún sentido estético. Aún así, en esa aparente grisura brilla la ciudad en todo su esplendor melancólico. Sus calles cuentan mil historias que nunca llegaremos a conocer, como una nostálgica letra de tango. Buenos Aires tal vez no respire ese aire antiguo, pero respira nostalgia. La nostalgia de otros mares en una ciudad, en un país, levantado por los inmigrantes que un día fuimos. Che, esa es mi pequeña teoría de la nostalgia porteña.
Mi Buenos Aires tierra florida
donde mi vida terminaré,
bajo tu amparo no hay desengaños,
vuelan los años, se olvida el dolor.
Y con la voz de Gardel cantamos también nosotros ♪ no llores por mí Argentina ♫, un hasta la vista nunca será un adiós. Gracias familia, amigos y lectores espontáneos por seguir el blog, un placer compartirlo.

11 de octubre de 2012

Ushuaia, donde terminan todos los caminos

Bienvenidos a la ciudad más austral del mundo. Bueno, eso pregonan los argentinos, en realidad hay un pequeño puerto pesquero chileno más al Sur. Nuestra llegada a Ushuaia fue un poco caótica, incluso hicimos dedo en una desértica carretera patagona, sacudidos por el viento y con doce kilos de mochila en la espalda, hasta que nos recogieron un par de buenos samaritanos. En fin, es una larga historia pero aquí estamos, en la Tierra del Fuego, en el fin del mundo.


El día siguiente de nuestra llegada amaneció soleado y decidimos patear el Parque Nacional de Tierra del Fuego, una corta travesía bordeando la costa hasta llegar a la bahía Lapataia. Durante un buen rato, el sendero se adentraba en un frondoso bosque. Pocas veces hemos visto uno tan hermoso, tanto como los bosques élficos de mi imaginación. Tierra del Fuego irradia una belleza antigua y extraña. Los caprichos del clima condicionan sus solitarios páramos, barridos eternamente por el fuerte viento que llega desde los mares australes. Al llegar a la bahía Lapataia, encontramos un curioso cartel indicando el fin de la carretera panamericana, desde Alaska hasta Ushuaia, donde terminan todos los caminos.


Tras cuatro horas de caminata terminamos hartos de pisar el fango que inundaba los senderos. Además, el cansancio acumulado de tantos días montaña arriba y abajo nos había machacado. Necesitábamos reponer fuerzas urgentemente, y para eso nada mejor que la merluza negra del restaurante Tía Elvira ¡Aún se nos hace la boca agua!


En Ushuaia, los Andes se encuentran bruscamente con el océano. A los pies de las montañas nevadas, frente al canal Beagle, se cruzan el Atlántico y el Pacífico. El mar es gris y agitado, los vientos intempestivos y el frío afilado, la tierra cada vez más yerma e inhóspita. Sin embargo, el mar amaneció ayer en absoluta calma, suavemente iluminado por un tenue sol invernal. Una mañana perfecta para navegar. Contratamos en una garita del puerto una travesía para turistas de cuatro horas navegando por el Beagle en una pequeña lancha con cabida para unos diez pasajeros. Zarpamos rumbo al faro Les Eclaireurs y un par de islas donde habitan colonias de leones marinos y cormoranes, parecidos a los pingüinos. Allí se puede observar la vida salvaje en plena libertad, sin la pantalla del televisor por en medio.


Ya era primavera en el Sur del mundo, aunque los vientos gélidos provenientes de la Antártida no prestaban atención a ese detalle y de vez en cuando soplaban en ráfagas que nos entumecían hasta los huesos. Así que, con la excusa de entrar en calor, antes de regresar a puerto el patrón y los pasajeros nos bebimos una buena jarra de cerveza, je, je. Asomados a la baranda de estribor, surcando las frías y oscuras aguas australes, a veces sentíamos cierto vértigo, la sensación de asomarse a un precipicio donde el mundo parece terminar.


Estamos hospedados en una de esas típicas casas de huéspedes de baño compartido que solemos frecuentar cuando viajamos. Algún día nos alojaremos en un Sheraton pero por el momento esto es lo que hay. Después de cenar solemos pasar un buen rato en el salón, donde nos reunimos mochileros de todas partes del mundo. Unos aprovechan como yo para escribir, otros apuran unas cervecitas con el pijama ya puesto, otros parlotean sobre donde han ido y adonde piensan ir luego... En Ushuaia, en Kathmandú, en Kyoto, el ambiente es siempre el mismo. Durante unas pocas noches, suele establecerse una cierta intimidad familiar y pasajera, una complicidad entre desconocidos que compartimos el mismo espíritu viajero.


Ushuaia, la población más grande de Tierra del Fuego, es una pequeña ciudad portuaria en la que todo se ha etiquetado como "del fin del mundo": panadería del fin del mundo, zapatería del fin del mundo, farmacia del fin del mundo... alfajor del fin del mundo... Etiquetas aparte, esas viejas casuchas de chapa ondulada pintadas de vivos colores tienen un cierto encanto. Es agradable pasear por Ushuaia, deambular entre los viejos barcos de carga, tomarse un chocolate caliente a resguardo del frío... En el puerto recalan los barcos que navegan hacia la Antártida, antes de enfrentarse a los monstruos marinos que les acechan en el temido Cabo de Hornos. Tardan días en cruzarlo, quizás semanas, siguiendo la estrella del Sur y navegando bajo la noche austral, tan negra como el vientre de una ballena, rumbo al fin del mundo.

7 de octubre de 2012

Torres del Paine, bajo las alas del cóndor

El cóndor volaba sobre sus dominios, en sólo unos momentos se alzaba sobre las altas cumbres nevadas que nosotros aún tardaríamos cinco días en recorrer hasta terminar exhaustos. Tan cansados como felices, a pesar de que no todo salió como nos habría gustado. Llegamos a Puerto Natales a unas cinco horas en bus desde El Calafate junto a la frontera chilena. Dedicamos esa tarde a realizar algunos trámites como comprar billetes de regreso en bus a Argentina, alquilar un hornillo y sacos de dormir, lavar ropa sucia... Apenas vimos nada de Puerto Natales, un pueblo pesquero a la orilla del Última Esperanza, un entrante del estrecho de Magallanes. Después de un madrugón, a la mañana siguiente partimos en otro autobús hacia las Torres del Paine e iniciamos nuestra primera jornada.


Nos inscribimos en la recepción del parque nacional y continuamos hasta el refugio donde empezamos la primera travesía de unas nueve horas. Nada más llegar al refugio agudizamos la vista hacia al fondo del valle del Ascensio, buscando las vertiginosas Torres del Paine, pero las nubes nos lo impedían. Como de vez en cuando se abría algún claro, empezamos a caminar esperanzados. Atravesamos profundos bosques, caudalosos ríos... los nubarrones eran cada vez más espesos pero el encuentro con un huemul (especie endémica parecida a un ciervo) hizo que los olvidáramos por un rato. Saliendo de la nada, el huemul pasó sigilosamente junto al sendero y en un instante se esfumó de nuevo en la nada, como sólo ocurre en los cuentos de hadas. Al cabo de cuatro horas llegamos al campamento y desde ahí iniciamos un brusco ascenso hacia el mirador de las Torres en compañía de un turista estadounidense chiflado y dos japonesas. La nieve ocultaba la senda y soplaba una fuerte ventisca que nos hacía tambalear. A medida que nos íbamos acercando las ilusiones se desvanecían. Cuando llegamos al mirador encontramos un inmenso vacío blanco. Blanco. Emprendimos el regreso al refugio con otro vacío blanco en el ánimo.


La segunda jornada era cinco de octubre, mi cumpleaños! Me levanté a las seis y media de la mañana, me calcé las botas y al abrir la puerta del refugio me estaban esperando las Torres del Paine. El día anterior estuvimos subiendo durante nueve horas para verlas y las muy puñeteras se escondieron, pero ese día, no sé cómo, se enteraron de que era mi cumpleaños y me regalaron un maravilloso amanecer con su nítido perfil enrojecido por los primeros rayos de sol. Empezábamos bien el día. Por supuesto, hubiéramos preferido verlas en todo su esplendor desde el mirador bajo el glaciar, ochocientos metros más arriba, además la Torre Sur sólo puede verse desde allí, pero así es la montaña. Partimos hacia el refugio Los Cuernos, una bellísima y tranquila travesía de poco desnivel, bordeando las increíbles aguas turquesa del lago Nordenskjöld. Llegando al refugio pasamos bajo los gigantescos Cuerno Principal y Cuerno Este. Terminamos de cenar unos fideos rancios de esos instantáneos, hechos con el hornillo. En ese momento compartíamos la mesa del refugio montañeros de todas partes del mundo, unos eran de Canadá, de Chile, otros de Holanda, de Japón. De repente me doy cuenta de que todos me miran y me sonríen. Happy birthday to youuu ♪ happy birthday to youuu ♫ y me plantan delante un tarta con un par de velitas para soplar. Javier, que es un solete, al llegar al refugio les pidió a los chicos encargados si podían preparar una pequeña tarta. Y así es como celebré mi cumpleaños con la alegre compañía de una docena de montañeros desconocidos.


Al día siguiente madrugamos muchísimo y con las primeras luces del día nos adentramos en el valle del Francés. Bosques hermosos y espesos, angostos desfiladeros, riachuelos, cascadas, lagunas heladas, picos de formas inesperadas... Durante las primeras dos horas subimos sin muchas esperanzas de ver algo más que niebla, pero al llegar al primer campamento, nos encontramos con un guardabosques que nos animó a seguir subiendo hasta el segundo. Según decía, el cielo se abriría durante un rato a media mañana. Y tenía razón. Al llegar al segundo campamento vimos algunos claros de cielo azul iluminados por el sol. Y allí estaban los Cuernos del Paine, los imponentes gigantes de roca. Seguimos subiendo el último tramo hasta alcanzar el mirador, sacudidos por los violentos resoplidos del viento patagónico y rodeados por los Cuernos del Paine. Gritamos fuertemente porque sí, por el simple impulso de vaciar los pulmones y llenarlos de alegría. El viento ahogaba los gritos y nadie podía oírlos. Gritamos más fuerte aún —¡Cuernos del Paine, aquí estamos!


Y llegó la última jornada, una breve travesía de cuatro horas desde el refugio Paine Grande hasta el mirador del glaciar Grey. Encaramados a un acantilado de matorrales y pedregal apenas podíamos sostenernos por la furia del viento. Abajo en el lago, flotaban a la deriva los azulados témpanos de hielo desgajados del inmenso glaciar Grey. De regreso al refugio, cogimos el catamarán que zarpa cada mediodía, cruzando el lago Pehoé, y traslada a los montañeros hasta el embarcadero por donde pasa la pista de tierra para vehículos más próxima a Torres del Paine. En la furgoneta de regreso a Puerto Natales, pudimos contemplar en toda su extensión las increíbles montañas por cuyos senderos habíamos estado caminando estos últimos días. Las llanuras bajo las faldas de las montañas eran también impresionantes por la cantidad de fauna que pudimos encontrar: ñandúes (como un avestruz pequeño), guanacos, pájaros carpintero y una gran variedad de aves, liebres y algún zorrito. Todos esos animalillos van subiendo hacia la montaña a medida que va entrando la primavera. Tal vez hemos venido un poco pronto, los bosques aún no estaban en todo su esplendor, según nos contaron unos montañeros chilenos. Después de todos estos días colmados de prodigios y de recorrer a patita casi 70 kilómetros y más de 6.000 metros de desnivel acumulado, he llegado a dos conclusiones: La primera es que la naturaleza nunca deja de sorprendernos y la segunda es que quizás me sobren unos quilillos pero ¡tengo unas piernas fuertes!

2 de octubre de 2012

Patagonia, los desiertos de hielo

En la Patagonia no hay nada, nada, tan sólo un desierto de viento y estepa helada, de horizontes yermos henchidos de soledad, de silencio roto por algún ladrido de perro en la lejanía. Partimos de Iguazú el sábado a primera hora de la mañana y ese mismo día por la tarde, tras unas seis horas de vuelo, ya nos encontramos con semejante vacío al llegar a El Calafate. Durante estos últimos días hemos recorrido por la carretera nacional 40 en autobús los parajes áridos y desnudos de Patagonia para ir de un lado a otro entre El Calafate y El Chaltén. Por el camino, nos cruzábamos continuamente con guanacos que correteaban por praderas infinitas. A lo lejos, a veces aparecían pequeñas haciendas perdidas, habitadas durante el corto verano austral y que durante el largo invierno no son más que una referencia en el paisaje, en la densa soledad de estepa yerma, donde empiezan los viajes a ninguna parte.


A veces solemos creer que lo hemos visto todo, que nada puede sorprendernos, pero no es así. Nunca es así. El glaciar Perito Moreno es un sobrecogedor desierto de hielo que nos demuestra, una vez más, la osadía de la naturaleza. Desde El Calafate cogimos un bus para llegar hasta allí que no regresaba hasta siete horas después. Al principio pensamos que terminaríamos saturados de tanta belleza congelada pero las horas pasaron veloces observando extasiados ese azul hipnótico. Una de las pocas ventajas de viajar a Patagonia en temporada baja es que apenas nos encontramos turistas y eso nos permitió muchos momentos de silencio. No se oía nada, ni tan siquiera el viento que soplaba. A cada tanto rompía el silencio el estremecedor crujido del hielo cuando se desprendía algún bloque que quedaba flotando a la deriva. Y así pasamos las horas hipnotizados por ese laberinto gélido.


Esa noche regresamos a El Calafate. Al día siguiente empezábamos en El Chalten una nueva etapa del viaje, una semana practicando trekking entre la patagonia argentina y chilena. Así pues, cargamos energías con un buen atracón de cordero patagónico asado y bife de chorizo... mmm. Cuando el camarero nos lo sirvió, le dijimos que era imposible que termináramos nuestros platos y nos respondió —ya veremos, ya veremos. Al cabo de media hora volvió para recoger las sobras. — hasta los huesitos, ¿viste boludo?


El Chaltén es un pueblecito ubicado entre montañas en un entorno idílico con numerosos albergues para montañeros. Cuando llegamos al mediodía el sol se abría paso entre las nubes a través de luminosos claros de cielo azul y se distinguía claramente la silueta del cerro Fitz Roy. Esa fue la primera y última vez que la vimos... snifff. Dejamos las mochilas en el albergue e iniciamos un ascenso de seis horas hasta la Laguna de los Tres aunque finalmente no pudimos llegar ya que el último tramo estaba cubierto por hielo y era peligroso subir sin equipo adecuado. Por unos instantes las nubes se apartaron y pudimos ver a duras penas un lateral del Fitz Roy y la imponente visión de los otros picos más cercanos. Sin duda mereció la pena subir.


Hoy hemos hecho una travesía de siete horas hasta la Laguna Torre, pasando por bosques de arrayanes, riachuelos, cascadas y terminando en la laguna donde flotaban unos grandes témpanos de hielo que se habían desprendido del glaciar que teníamos enfrente, a los pies del cerro Torre. La travesía ha sido preciosa aunque podría haberlo sido mucho más con buen tiempo, claro. Pero así es la montaña, impredecible y caprichosa.


Al viajar suelo escribir de noche, cuando llega el silencio y los recuerdos del día vuelan solos por la habitación. Afuera, el viento enloquecido mece con furia las ramas que golpean la ventana. Mañana marchamos hacia el Parque Nacional Torres del Paine, cruzando la frontera chilena. Pasaremos cinco días incomunicados, sin móviles ni internet, durmiendo en refugios de montaña haciendo el llamado circuito de la W desde Laguna Amarga hasta el glaciar Grey. Estamos nerviosos e impacientes. Una vez que demos el primer paso ya no habrá marcha atrás.

29 de septiembre de 2012

Iguazú, un paraíso en la tierra

Este es el lugar y este es el momento, pensamos al contemplar por primera vez las cataratas de Iguazú, un paraíso en la tierra. Llegamos a Iguazú el miércoles por la tarde pero antes, a primera hora de la mañana tomamos el autobús que nos llevó hasta la misma puerta de la calle Caminito, en pleno corazón de La Boca. Es probablemente el barrio más emblemático de Buenos Aires, ya que allí está la mítica bombonera, el estadio del Boca Juniors en el que militó Maradona y donde marcó los goles que lo entronizaron. Siempre ha sido un barrio obrero y humilde desde que a mediados del siglo XIX se instaló en él un aluvión de inmigrantes españoles e italianos. Al no tener dinero para pintar sus casuchas de chapa ondulada, usaron la pintura que sobraba de los astilleros cuando terminaban de pintar las barcazas de carga de vivos colores. Así es como Caminito fue adquiriendo esa alegre y colorida apariencia.


Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar... Pero suele suceder que ese tipo de lugares tan célebres venden su alma al turismo y difícilmente se distingue lo auténtico del "tango show tonight". Aún así, antes de que llegaran los turistas Caminito ya estaba ahí, donde resonaban los tangos, donde los inmigrantes añoraban el hogar perdido. Después de la visita a Caminito un tanto apresurada, cogimos al mediodía un vuelo que en poco más de dos horas nos plantó en Puerto Iguazú, a pocos kilómetros de las cataratas. Puerto Iguazú es un pueblo fronterizo entre Argentina y Brasil que dispone de un buen surtido de hoteluchos, pensiones baratas y colmados para proveernos de comida y evitar así los carísimos restaurantes del parque nacional. Aparte de esto el pueblo no tiene ningún atractivo, únicamente una pequeña feria permanente de productos regionales en las afueras a la que acude gente del pueblo y mucho turista brasileño, de hecho la llaman a feirinha. Hay un ambientillo muy agradable y hemos aprovechado un par de noches para hacer una picadita allí mientras escuchamos a los argentinos charlar con ese dulce acento parecido al brasileño propio de la región, muy diferente del porteño.


Al preparar un viaje a las cataratas de Iguazú siempre surge una duda ¿Es mejor el lado argentino o el brasileño? Después de haber estado allí durante tres días podemos responder sin dudar: ¡Los dos! Igualmente impresionantes los dos, en el lado brasileño se obtiene una panorámica más completa ya que el ochenta por ciento de las cataratas están en el lado argentino, donde la visión es mucho más cercana e intensa. Empezamos el primer día por el lado brasileño cogiendo un autobús desde Puerto Iguazú. Al cruzar la frontera bajamos para realizar unos trámites sencillos y rápidos, apenas unos minutos, y volvimos a subir al mismo autobús. Como el recorrido por el lado brasileño es mucho más corto, tuvimos tiempo para visitar el Güira Oga, un refugio para animales salvajes. No se trata de un zoológico con animalitos enjaulados, sino un hospital donde recogen animales heridos o requisados en la aduana y permanecen en cautiverio hasta su recuperación. La mayoría son puestos en libertad una vez recuperados, pero otros deben permanecer en cautiverio, pues no están en condiciones de sobrevivir en la selva. El centro se financia con las visitas de turistas y es una manera efectiva de ver de cerca tucanes, monos, caimanes... y otros animales exóticos que en condiciones normales es muy difícil. Ya nos pasó durante los tres días de trekking por la selva en el norte de Thailandia, los animales huyen al detectar la presencia de humanos, y hacen muy bien. La selva se oye, pero no se ve. En las cataratas hemos visto muchos pajarillos de colores exóticos, tropecientasmil mariposas, alguna que otra iguana y cientos de coatíes, parecidos a los monos pero menos cabroncetes.


La naturaleza se desborda en las cataratas de Iguazú de tal manera que sólo podemos contemplarlas con la boca abierta y la admiración más plena, la fascinación más absoluta por su exuberante y poderosa belleza. Sale el sol, nacen los arco iris y miles de mariposas revolotean alrededor de una iguana que espera pacientemente zamparse alguna. El ruido ensordecedor del agua que se desparrama con una fuerza brutal lo invade todo, nos estremece y nos hace saber que no hemos visto ni veremos nada igual sobre la faz de la tierra.

25 de septiembre de 2012

Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver...

...no habrá más penas ni olvido♫ Empecé a escribir esta tarde en un vieja cafetería de San Telmo, a unos pocos metros de la pensión en la que nos hemos hospedado. El café humeaba aún sobre la mesa mientras intentaba dar forma de palabra a nuestras primeras horas en Buenos Aires. Sentados en torno al café, oíamos a nuestro alrededor el dulce parloteo porteño, che, viste vos. De vez en cuando, algún turista entraba en la cafetería atraído por la música tanguera del bandoneón que tocaba un chico y los antiguos retratos colgados de las paredes. Tan lejos del hogar como la distancia que separa un océano, y sin embargo nos sentíamos como en casa.


A las ocho y medía de la mañana ya habíamos empezado a patear la ciudad. Cruzamos la famosa avenida Nueve de Julio, entre el obelisco y el gigantesco retrato de la omnipresente Evita Perón, y desde allí iniciamos un recorrido por el centro que nos llevó una mañana entera. El Palacio de Congresos, las concurridas calles Corrientes, Florida... pasando por el café Tortoni, donde Borges, Cortázar y otros grandes hacedores de palabras argentinos encontraban inspiración entre humo de cigarrillos y compases de milongas.


A media mañana llegamos a la plaza de Mayo, donde cada jueves por la tarde, frente a la Casa Rosada, las Madres de la plaza de Mayo siguen celebrando desde hace casi cuatro décadas vigilias en memoria de sus hijos "desaparecidos" durante la brutal dictadura de Videla. Las Madres de la plaza de Mayo se convirtieron en un poderoso movimiento social que desafió al régimen militar en esos años de terror. Nadie pudo hacer frente a su tenacidad y valentía. Han pasado más de treinta años y la plaza de Mayo sigue siendo un foco de rebelión permanente frente al poder establecido, ocupada por pancartas, concentraciones varias y recogidas de firmas justo enfrente de la Casa Rosada. Siguiendo el recorrido pasamos por el majestuoso teatro Colón, el Cervantes, la curiosa sinagoga de la congregación israelita y las hermosas galerías Pacífico. A veces, Buenos Aires nos recuerda un poquito a Madrid, quizás sea porque aún conserva algunos edifcios de estilo neoclásico, quizás por su fisonomía urbana... Y porque conserva algo que en otras grandes ciudades europeas se ha perdido: esos entrañables colmaditos, pequeños bazares y negocios familiares que surgen de cualquier rincón, viejos y decadentes, anclados en otros tiempos de pasajera prosperidad. Aún sobreviven frente al demoledor desarrollo urbanístico y, gracias a ellos, colosales urbes como Buenos Aires siguen respirando humanidad.


Después de comer un par de bocados de pizza, nos tomamos un respiro en Puerto Madero, la antigua zona portuaria junto a los diques del río de la Plata, que poco a poco se va abriendo al océano. Los viejos astilleros son ahora restaurantes y lujosas viviendas que apenas recuerdan a lo que fueron en su día. Seguimos caminando un poquito más y al cabo de un rato nos adentramos en las calles adoquinadas de San Telmo al encuentro de una amiga. Se llama Mafalda y la adoro. Es una niña de tinta china inconformista y rebelde que odia la sopa y escucha a los Beatles. Durante mi infancia, leía una y otra vez mi colección de tiras cómicas de Mafalda y me preguntaba porqué los personajes se trataban de vos, porqué decían cosas tan raras como che, pibe, no digás boludeces. Pocos años después, siendo casi adolescente, me dí cuenta. ¡Mafalda es argentina! Quino dibujó las historietas de Mafalda mientras vivía en la calle Chile 371 inspirándose en el vecindario y ahora en ese lugar hay una pequeña estatua de Mafalda en su honor. ¡Tenía que hacerme una foto con mi amiguita!


San Telmo aún conserva un aire del pasado en algunas fachas coloniales. Los domingos, en torno a la plaza Dorrego se extiende un gran mercadillo de polvorientas antigüedades. A pesar de ser martes, encontramos algún que otro pequeño anticuario abierto en el mercado de San Telmo, en un calle aledaña a Dorrego, entre puestos de verdura y carnicerías. Es un mercado bastante curioso y, nada más entrar, nos apuntamos en la agenda la próxima vez volver a San Telmo en domingo. Queda aún mucho por recorrer en esta ciudad porteña de mi único querer ♪ y también mucho por contar.

20 de septiembre de 2012

Hacia el Sur del mundo

Tiempos de crisis, recortes de sueldos, subida de impuestos... Mañana quién sabe pero hoy ¡nos vamos a Argentina y a la Patagonia Chilena!

«El momento más feliz en la vida es el viaje a tierras desconocidas, la sangre fluye rápidamente como en la niñez.»
(Sir Richard Burton)