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15 de septiembre de 2013

Machu Picchu, una puerta al cielo

Eran las seis de la mañana y la espesa niebla matutina empezaba a diluirse. Caminamos unos pocos metros más por un empedrado camino para ver por primera vez lo que tantos días llevábamos buscando. Y apareció ante nosotros, la legendaria ciudad de los inkas, Machu Picchu. La respiración, agitada por la abrupta caminata y la altitud, se detuvo. El corazón dejó de bombear durante un instante sobrecogedor. Poco a poco la sangre volvió a circular a la vez que nuestros ojos se iban fijando en las montañas, los muros de piedra, los bancales... Pues sí, el Machu Picchu realmente impresiona, sin importar las veces que lo hayamos visto en fotos o cuánto nos hayan contado.


Y si el otro día escribíamos desde Cuzco... ¿cómo llegamos hasta Machu Picchu? ¡Pues a patita! Contratamos en una agencia local de Cuzco a un precio baratísimo el llamado trek de Salkantay, de cuatro días de duración, que finaliza en Machu Picchu. Y ahora que todo ha terminado podemos decir, sin duda, que valió la pena. Pero no nos engañemos, algunos momentos han sido muy duros: horas y horas de caminata, avanzando lentamente y respirando el aire enrarecido por la altitud. La falta de oxígeno convierte cualquier esfuerzo en un escollo titánico para quienes venimos del mar. A cuatro mil metros de altura, el sol era abrasador y por las noches de cielo estrellado el frío nos helaba los huesos cuando acampábamos. Más de una vez, removiéndome en mi saco de dormir intentando conciliar el sueño, me pregunté qué puñetas hacía yo allí. Pero cuando alcanzamos el paso de Salkantay a 4.600 metros, lo recordé de pronto: Sí, se trataba de esto, de sentirte vivo.


Al haber contratado el trekking a través de una agencia, formábamos parte de un grupo de montañeros muy heterogéneo: australianos, francosuizos, británicos de origen indio y unos chicos de Arizona muy majos. Los dos últimos días fuimos bajando de altitud y nos sumergimos en un paisaje cada vez más verde y húmedo que anunciaba la proximidad de la selva amazónica. Finalmente, llegamos a Aguas Calientes. Es un pueblo feísimo, situado a unos pocos kilómetros bajo el Machu Picchu, que sirve de descanso a quienes llegan para visitarlo al día siguiente. Allí pudimos dormir sobre un colchón y darnos, por fin, ¡la ansiada ducha con agua caliente!


A la mañana siguiente nos adentramos en ese laberinto de muros antiguos y enigmas de piedra, sumido durante siglos en el olvido y la soledad. En Machu Picchu se desbordan las preguntas que hemos ido acumulando desde que al llegar a Cuzco empezamos a recorrer el legado de los hijos del Sol. ¿Cómo construyeron semejante ciudad en un lugar tan inaccesible? ¿Cómo pulían esos tremendos bloques de piedra sin herramientas de hierro y acero? ¿Porqué la abandonaron sus habitantes? Algunas respuestas se hallan aquí, otras seguirán diluidas para siempre en la bruma vespertina que empapa las piedras de Machu Picchu.


La belleza y la grandiosidad del entorno que rodea a Machu Picchu deja sin aliento. No hay duda de que los inkas amaban la naturaleza cuando decidieron honrar aquí a sus dioses. Vista desde lo alto, la ciudadela parece sostenerse de milagro en un frágil equilibrio sobre el precipicio y, sin embargo, ha desafiado a los siglos y a la selva que intenta engullirla.


Machu Picchu es uno de esos lugares en el mundo que irradia una extraña fuerza. Uno de esos lugares en los que nuestros ancestros nos miran y nos reconocemos en ellos, en sus inquietudes, en sus sueños imposibles como el de construir una ciudad que tocara el cielo, que nos acercara a los dioses. Y es que existe una energía primigenia, telúrica, que brota libremente de la tierra en ciertos enclaves mágicos como éste construidos por el hombre: las pirámides egipcias, el Partenon, Stonehenge... Que sí, que sí, estoy de acuerdo, toda esta palabrería suena muy mística leyendo sentaditos frente al ordenador y no, no he fumado nada. ¡Pero si hubiérais estado allí pensaríais lo mismo!

7 de octubre de 2012

Torres del Paine, bajo las alas del cóndor

El cóndor volaba sobre sus dominios, en sólo unos momentos se alzaba sobre las altas cumbres nevadas que nosotros aún tardaríamos cinco días en recorrer hasta terminar exhaustos. Tan cansados como felices, a pesar de que no todo salió como nos habría gustado. Llegamos a Puerto Natales a unas cinco horas en bus desde El Calafate junto a la frontera chilena. Dedicamos esa tarde a realizar algunos trámites como comprar billetes de regreso en bus a Argentina, alquilar un hornillo y sacos de dormir, lavar ropa sucia... Apenas vimos nada de Puerto Natales, un pueblo pesquero a la orilla del Última Esperanza, un entrante del estrecho de Magallanes. Después de un madrugón, a la mañana siguiente partimos en otro autobús hacia las Torres del Paine e iniciamos nuestra primera jornada.


Nos inscribimos en la recepción del parque nacional y continuamos hasta el refugio donde empezamos la primera travesía de unas nueve horas. Nada más llegar al refugio agudizamos la vista hacia al fondo del valle del Ascensio, buscando las vertiginosas Torres del Paine, pero las nubes nos lo impedían. Como de vez en cuando se abría algún claro, empezamos a caminar esperanzados. Atravesamos profundos bosques, caudalosos ríos... los nubarrones eran cada vez más espesos pero el encuentro con un huemul (especie endémica parecida a un ciervo) hizo que los olvidáramos por un rato. Saliendo de la nada, el huemul pasó sigilosamente junto al sendero y en un instante se esfumó de nuevo en la nada, como sólo ocurre en los cuentos de hadas. Al cabo de cuatro horas llegamos al campamento y desde ahí iniciamos un brusco ascenso hacia el mirador de las Torres en compañía de un turista estadounidense chiflado y dos japonesas. La nieve ocultaba la senda y soplaba una fuerte ventisca que nos hacía tambalear. A medida que nos íbamos acercando las ilusiones se desvanecían. Cuando llegamos al mirador encontramos un inmenso vacío blanco. Blanco. Emprendimos el regreso al refugio con otro vacío blanco en el ánimo.


La segunda jornada era cinco de octubre, mi cumpleaños! Me levanté a las seis y media de la mañana, me calcé las botas y al abrir la puerta del refugio me estaban esperando las Torres del Paine. El día anterior estuvimos subiendo durante nueve horas para verlas y las muy puñeteras se escondieron, pero ese día, no sé cómo, se enteraron de que era mi cumpleaños y me regalaron un maravilloso amanecer con su nítido perfil enrojecido por los primeros rayos de sol. Empezábamos bien el día. Por supuesto, hubiéramos preferido verlas en todo su esplendor desde el mirador bajo el glaciar, ochocientos metros más arriba, además la Torre Sur sólo puede verse desde allí, pero así es la montaña. Partimos hacia el refugio Los Cuernos, una bellísima y tranquila travesía de poco desnivel, bordeando las increíbles aguas turquesa del lago Nordenskjöld. Llegando al refugio pasamos bajo los gigantescos Cuerno Principal y Cuerno Este. Terminamos de cenar unos fideos rancios de esos instantáneos, hechos con el hornillo. En ese momento compartíamos la mesa del refugio montañeros de todas partes del mundo, unos eran de Canadá, de Chile, otros de Holanda, de Japón. De repente me doy cuenta de que todos me miran y me sonríen. Happy birthday to youuu ♪ happy birthday to youuu ♫ y me plantan delante un tarta con un par de velitas para soplar. Javier, que es un solete, al llegar al refugio les pidió a los chicos encargados si podían preparar una pequeña tarta. Y así es como celebré mi cumpleaños con la alegre compañía de una docena de montañeros desconocidos.


Al día siguiente madrugamos muchísimo y con las primeras luces del día nos adentramos en el valle del Francés. Bosques hermosos y espesos, angostos desfiladeros, riachuelos, cascadas, lagunas heladas, picos de formas inesperadas... Durante las primeras dos horas subimos sin muchas esperanzas de ver algo más que niebla, pero al llegar al primer campamento, nos encontramos con un guardabosques que nos animó a seguir subiendo hasta el segundo. Según decía, el cielo se abriría durante un rato a media mañana. Y tenía razón. Al llegar al segundo campamento vimos algunos claros de cielo azul iluminados por el sol. Y allí estaban los Cuernos del Paine, los imponentes gigantes de roca. Seguimos subiendo el último tramo hasta alcanzar el mirador, sacudidos por los violentos resoplidos del viento patagónico y rodeados por los Cuernos del Paine. Gritamos fuertemente porque sí, por el simple impulso de vaciar los pulmones y llenarlos de alegría. El viento ahogaba los gritos y nadie podía oírlos. Gritamos más fuerte aún —¡Cuernos del Paine, aquí estamos!


Y llegó la última jornada, una breve travesía de cuatro horas desde el refugio Paine Grande hasta el mirador del glaciar Grey. Encaramados a un acantilado de matorrales y pedregal apenas podíamos sostenernos por la furia del viento. Abajo en el lago, flotaban a la deriva los azulados témpanos de hielo desgajados del inmenso glaciar Grey. De regreso al refugio, cogimos el catamarán que zarpa cada mediodía, cruzando el lago Pehoé, y traslada a los montañeros hasta el embarcadero por donde pasa la pista de tierra para vehículos más próxima a Torres del Paine. En la furgoneta de regreso a Puerto Natales, pudimos contemplar en toda su extensión las increíbles montañas por cuyos senderos habíamos estado caminando estos últimos días. Las llanuras bajo las faldas de las montañas eran también impresionantes por la cantidad de fauna que pudimos encontrar: ñandúes (como un avestruz pequeño), guanacos, pájaros carpintero y una gran variedad de aves, liebres y algún zorrito. Todos esos animalillos van subiendo hacia la montaña a medida que va entrando la primavera. Tal vez hemos venido un poco pronto, los bosques aún no estaban en todo su esplendor, según nos contaron unos montañeros chilenos. Después de todos estos días colmados de prodigios y de recorrer a patita casi 70 kilómetros y más de 6.000 metros de desnivel acumulado, he llegado a dos conclusiones: La primera es que la naturaleza nunca deja de sorprendernos y la segunda es que quizás me sobren unos quilillos pero ¡tengo unas piernas fuertes!

2 de octubre de 2012

Patagonia, los desiertos de hielo

En la Patagonia no hay nada, nada, tan sólo un desierto de viento y estepa helada, de horizontes yermos henchidos de soledad, de silencio roto por algún ladrido de perro en la lejanía. Partimos de Iguazú el sábado a primera hora de la mañana y ese mismo día por la tarde, tras unas seis horas de vuelo, ya nos encontramos con semejante vacío al llegar a El Calafate. Durante estos últimos días hemos recorrido por la carretera nacional 40 en autobús los parajes áridos y desnudos de Patagonia para ir de un lado a otro entre El Calafate y El Chaltén. Por el camino, nos cruzábamos continuamente con guanacos que correteaban por praderas infinitas. A lo lejos, a veces aparecían pequeñas haciendas perdidas, habitadas durante el corto verano austral y que durante el largo invierno no son más que una referencia en el paisaje, en la densa soledad de estepa yerma, donde empiezan los viajes a ninguna parte.


A veces solemos creer que lo hemos visto todo, que nada puede sorprendernos, pero no es así. Nunca es así. El glaciar Perito Moreno es un sobrecogedor desierto de hielo que nos demuestra, una vez más, la osadía de la naturaleza. Desde El Calafate cogimos un bus para llegar hasta allí que no regresaba hasta siete horas después. Al principio pensamos que terminaríamos saturados de tanta belleza congelada pero las horas pasaron veloces observando extasiados ese azul hipnótico. Una de las pocas ventajas de viajar a Patagonia en temporada baja es que apenas nos encontramos turistas y eso nos permitió muchos momentos de silencio. No se oía nada, ni tan siquiera el viento que soplaba. A cada tanto rompía el silencio el estremecedor crujido del hielo cuando se desprendía algún bloque que quedaba flotando a la deriva. Y así pasamos las horas hipnotizados por ese laberinto gélido.


Esa noche regresamos a El Calafate. Al día siguiente empezábamos en El Chalten una nueva etapa del viaje, una semana practicando trekking entre la patagonia argentina y chilena. Así pues, cargamos energías con un buen atracón de cordero patagónico asado y bife de chorizo... mmm. Cuando el camarero nos lo sirvió, le dijimos que era imposible que termináramos nuestros platos y nos respondió —ya veremos, ya veremos. Al cabo de media hora volvió para recoger las sobras. — hasta los huesitos, ¿viste boludo?


El Chaltén es un pueblecito ubicado entre montañas en un entorno idílico con numerosos albergues para montañeros. Cuando llegamos al mediodía el sol se abría paso entre las nubes a través de luminosos claros de cielo azul y se distinguía claramente la silueta del cerro Fitz Roy. Esa fue la primera y última vez que la vimos... snifff. Dejamos las mochilas en el albergue e iniciamos un ascenso de seis horas hasta la Laguna de los Tres aunque finalmente no pudimos llegar ya que el último tramo estaba cubierto por hielo y era peligroso subir sin equipo adecuado. Por unos instantes las nubes se apartaron y pudimos ver a duras penas un lateral del Fitz Roy y la imponente visión de los otros picos más cercanos. Sin duda mereció la pena subir.


Hoy hemos hecho una travesía de siete horas hasta la Laguna Torre, pasando por bosques de arrayanes, riachuelos, cascadas y terminando en la laguna donde flotaban unos grandes témpanos de hielo que se habían desprendido del glaciar que teníamos enfrente, a los pies del cerro Torre. La travesía ha sido preciosa aunque podría haberlo sido mucho más con buen tiempo, claro. Pero así es la montaña, impredecible y caprichosa.


Al viajar suelo escribir de noche, cuando llega el silencio y los recuerdos del día vuelan solos por la habitación. Afuera, el viento enloquecido mece con furia las ramas que golpean la ventana. Mañana marchamos hacia el Parque Nacional Torres del Paine, cruzando la frontera chilena. Pasaremos cinco días incomunicados, sin móviles ni internet, durmiendo en refugios de montaña haciendo el llamado circuito de la W desde Laguna Amarga hasta el glaciar Grey. Estamos nerviosos e impacientes. Una vez que demos el primer paso ya no habrá marcha atrás.

19 de noviembre de 2010

Mae Hong Son, el rugir del tigre

Bien sabemos que todo lo que os contaremos os parecerá exagerado, pero así sucedió. Mae Hong Son es un bello pueblecito de las tierras del norte rodeado de jungla, que recientemente ha descubierto el turismo. En la calle principal, unos cuantos puestos ofrecen rutas guiadas de tres días de trekking por la jungla. ¡Qué incautos fuimos pensando que eso sería un agradable paseo entre helechos y lianas! Al día siguiente nos recogió en la pensión nuestro guía Paik, un militar retirado (Mae Hong Son está junto a la frontera con Birmania, por lo que es una zona muy militarizada), y su compañero Pathi, dos hombres duros y curtidos por la jungla. Haceros una idea: nada más empezar cruzamos un río por un maltrecho puente de madera haciendo equilibrios sobre tablones tambaleantes pensando: —Pero, pero... esto es un error, ¡si soy un turista!


El resto de esos tres días consistió en cruzar constantemente ríos con el agua hasta el culo, andar un promedio de unas ocho horas diarias por tortuosos senderos ocultos por la maleza, soportar picaduras de infinidad de bichejos (entre ellos las puñeteras sanguijuelas), cruzarnos por el camino con serpientes multicolores y una larguísima sucesión de hechos extraordinarios que ahora, escribiendo desde una terraza junto al lago, nos parecen escenas de Apocalipsis Now o cualquier otra peli sobre la guerra de Vietnam. Parábamos cada noche a cenar y dormir en minúsculas aldeas de tribus Karen, sin luz ni agua corriente, durmiendo en el suelo en chozas de madera y rodeados de cerdos, bueyes, gallinas y toda la granja de pin y pon. Tan lejos del "mundo civilizado", nos sentíamos unos marcianos y a los aldeanos también se lo debíamos parecer con nuestras cámaras reflex y supermóviles, totalmente inútiles allí. Un episodio a destacar: durante la segunda jornada, hicimos un alto en el camino para entrar en una cueva, con su bóveda cubierta de estalactitas y murciélagos, donde reconozco que hubo ciertos momentos de pánico. 


Resultó un poco decepcionante que en todos esos días no vimos ni un sólo mono, a pesar de que a menudo los oímos, aunque sí vimos un rastro de tigre, vamos, una meadilla, o al menos eso nos dijo Paik. La selva se oye pero no se ve. A nuestro paso muchas veces se agitaba la maleza repentinamente o alguna rama cercana se movía sin que soplara viento. Los animales huyen en cuanto advierten la presencia humana, y hacen muy bien. Tenemos otra anécdota que contar sobre estos cinco últimos días: antes de empezar el trekking paseamos un ratillo por la selva a lomos de un elefante, sí, un elefante. Fue una turistada tremenda pero qué más da, al fin y al cabo somos guiris. Por otra parte, no tenemos constancia de que en Thailandia se maltrate a los elefantes explotados turísticamente como sí ocurre en otros países como Camboya.


Hoy hemos alquilado una motilllo en el pueblo para recorrer toda la zona, ha sido un día absolutamente perfecto. Carreterín arriba y abajo entre arrozales y bosques hasta llegar a una impresionante cascada. Antes de eso hemos pasado con la moto por uno de los poblados de las llamadas mujeres jirafa, caracterizadas por sus largos cuellos adornados con múltiples aros de cobre. En realidad es un campo de refugiados birmanos de la etnia padaung, protegidos por la ONU y sin nacionalidad tailandesa, es decir, sin acceso a educación, sanidad ni préstamos bancarios para comprar tierras cultivables. Viven de la artesanía que ellas mismas elaboran y venden a los turistas. Teníamos ciertos reparos en ir a visitarlas pensando que sería un circo para guiris pero no ha sido así, de hecho éramos en ese momento los únicos turistas. Ellas sólo luchan dignamente por no perder su identidad. Ellas son las mujeres jirafa.
«El alma del hombre tiene que recuperar la pasión por la aventura y no esperar a que se la sirvan en la pantalla de un televisor. Y la gran aventura es siempre el viaje.»
(Javier Reverte)

2 de noviembre de 2007

Bakhtapur, un paseo por las nubes

Primer día de trekking: A las siete de la mañana nos calzamos las botas de montaña y media hora más tarde ya estábamos en camino. Primero nos acercamos en un 4x4 hasta un pueblo a una hora y media de distancia en coche de Kathmandú y desde allí empezamos la caminata de unas siete horas. Durante media jornada anduvimos muy despacio, demasiado suave para lo que estamos acostumbrados, hasta que le pedimos a Mahesh si podíamos aligerar un poco el paso. Es lógico que andáramos tan despacio al principio, ya que los guías se adaptan al cliente y no conocen el estado físico de éste. Mientras tanto por el camino íbamos pasando por aldeas, arroyos, campesinos labrando la tierra, pequeñas estupas de las que colgaban las oraciones budistas de colorines ondeando al viento… Las calles de los pueblecitos estaban inundadas de arroz puesto a secar durante la estación de la cosecha y los niños al vernos pasar se acercaban con curiosidad para saludarnos entre tímidas risas. Poco a poco el verdor y la dulzura del paisaje se adueñaba de nosotros. A medida que íbamos dejando atrás valles fértiles y frondosos, la vegetación se volvía más densa y las suaves colinas daban paso a abruptos riscos y bosques de oscuro espesor. Al mediodía paramos en una encantadora aldea llamada Namobuda para comer un poco de arroz y fruta en una casa particular que atendía a los senderistas. Descansamos un ratito allí mismo, al frescor de la sombra de una estupa, donde conocimos a nuestro nuevo amiguito Kalhu, un cachorro de pelo negro y lustroso, muy simpático y juguetón, que nos acompañó durante buena parte de la jornada hasta que decidió regresar a su casa.


Estábamos llegando a Dulhikel cuando nos topamos a la vera del camino con unos niños que se divertían tirándole piedrecitas a algo que se movía. Nos acercamos para curiosear y… casi nos morimos del susto. ¡Era una cobra enorme! Jamás habíamos visto una serpiente tan grande en vivo y en directo. ¡Y los chiquillos la estaban cabreando a un palmo de distancia! Por otra parte nos quedamos alucinando con el alojamiento en Dulhikel, era un hotelazo en toda regla allí en medio de las montañas. Una habitación enorme con calefacción, televisión, baño privado con secador y bañera, todo incluido en el precio del trekking que pagamos en la agencia de Kathmandú. Cuando bajamos a cenar con Mahesh y Riz no pudimos reprimir la risa con ellos al comentarles que no estábamos acostumbrados a viajar con tantas comodidades. ¡Si somos unos zaparrastrosos!


Mahesh y Riz han sido muy atentos y amables con nosotros, tanto que nos han cuidado como si fuéramos niños pequeños. Empezamos la segunda jornada de trekking y por el camino nos iban contando todo tipo de curiosidades y anécdotas de la vida nepalí, era una gozada escucharles. Son muy divertidos y a medida que nos íbamos conociendo se expresaban con más desparpajo. Nos contaron que ellos dos se conocen desde niños y se criaron lejos de Kathmandú, en una región de altas montañas muy próxima al Himalaya tibetano. Normalmente suelen hacer trekkings de tres semanas o más. De hecho han llegado varias veces hasta el campo base del Everest, así que estos tres días son para ellos tan sólo un paseíto. Mahesh está empeñado en hacerse llamar Carlos, que es el nombre que adopta en sus clases de español. A nosotros nos parece una situación ridícula e intentamos sin éxito explicarle que nos parece un poco extraño cambiar el nombre de una persona en función de la lengua que esté hablando en ese momento, pero él sigue erre que erre. Tanto Mahesh como Riz son chicos muy listos y espabilados, estamos convencidos de que terminarán por aprender el español y cualquier cosa que se propongan. Y además son buenas personas, se les nota. Ojalá tengan suerte y puedan aprovechar las pocas oportunidades que encuentren en un país tan pobre como el suyo.


La segunda jornada de trekking terminó en Nagarkot donde pernoctamos en un refugio de montaña muy acogedor a pesar de que sólo había electricidad durante dos horas diarias. Y por fin llegó uno de los momentos más esperados. Al amanecer veríamos una espectacular vista de todo el Himalaya incluido el Everest, por supuesto. Nada más levantarnos subimos corriendo las escaleras que conducían a la azotea del refugio, donde varios turistas habían tenido la misma idea. Nos limpiamos las legañas, nos frotamos los ojos y los abrimos bien mirando en todas las direcciones. Niebla, niebla, no había más que niebla. ¡Queremos el libro de reclamaciones! Al poco rato se despejó un poco la niebla y nos permitió vislumbrar durante un instante los picos nevados del Himalaya, lo suficiente para hacernos una idea de la inmensidad y altura de los gigantes de la tierra. Hemos disfrutado mucho de estos días de trekking. Para el poco tiempo del que disponíamos han sido muy provechosos pero las cosas como son, si a uno le gusta la montaña le sabrá a poco. Las cumbres del Himalaya son un desafío, a la incredulidad ante cimas tan altas le sigue el reto de conquistarlas, y eso no se consigue en tres días.


Terminamos el trekking a media mañana en Bakhtapur, donde pasamos el resto del día, y no pudimos elegir un final mejor. Bakhtapur es, junto a Patan y la vieja Kathmandú, uno de los tres núcleos urbanos de origen medieval declarados Patrimonio de la Humanidad. Magníficos palacios y templos se suceden uno detrás de otro formando un armónico conjunto de abrumadora belleza, un sueño del que sólo nos despertaba la visión de algún otro turista que de vez en cuando veíamos pasear por allí.


Ayer por la mañana bien prontito, y sin habernos recuperado aún de la subyugante visión de Bakhtapur, visitamos Patan. Como muchas veces pasa en los viajes, la realidad superó lo leído y visto en fotos y reportajes. Nada más entrar en la plaza Durbar de Patan nos quedamos con la boca abierta. Cada templo es una maravilla en sí mismo, pero el conjunto es lo que confiere a Patan esa estremecedora belleza, propia de una morada de dioses. Conviene explicar para evitar confusiones que plaza Durbar significa algo así como plaza mayor, por lo que no sólo Kathmandú sino la mayoría de poblaciones tienen su propia plaza Durbar.


En lo alto de una colina, a poca distancia del centro de Kathmandú, se yergue la estupa de Swayambhunath, llamada popularmente el templo de los monos. Después de una copiosa comida en Patan, decidimos hacer la digestión subiendo su empinada escalera junto a decenas de peregrinos. "Sólo" son trescientos sesenta y cinco escalones, os aseguramos que después de subir allí todas nuestras culpas quedaron expiadas. Según subíamos la escalinata al templo sorteando aromas de incienso, los monos se mezclaban descaradamente con el gentío, saltando de un lado a otro. A pesar de no ser el momento de la oración, muchos devotos se agrupaban en torno a la estupa blanca dando vueltas a su alrededor en el sentido de las agujas del reloj y haciendo girar las ruedas de oración. Un poco más allá quemaban grandes cantidades de incienso y la gran aguja dorada que corona la estupa resplandecía con el sol de la tarde. Las banderitas de oraciones budistas se agitaban alegremente con el viento y sólo la algarabía de los monos rompía el silencio. Nos sentamos en unos escalones para respirar la paz del lugar y en ese momento un mono aprovechó nuestra distracción para hurgar en mi bolsa. ¡Pero qué puñeteros son! El sol ya desaparecía en el horizonte y decidimos marcharnos. Al bajar las escaleras miramos hacia atrás y vimos una vez más los hipnotizantes ojos de Buda pintados en la estupa blanca, mirando hacia los cuatro puntos cardinales, vigilando en todas las direcciones. Por un instante nos pareció ver la mirada de Buda clavada en nosotros. Nos estaba guiñando un ojo.


Esta mañana hemos decidido tomar un taxi para ir a pasar el día en Bodnath, un pueblo a las afueras de Kathmandú que concentra una gran cantidad de refugiados tibetanos huidos de la ocupación china. Bodnath es uno de esos lugares que transmiten paz y serenidad sólo con respirar su aire. Un santuario de estupas blancas y palomas al vuelo donde todos los sentidos se encuentran en armonía. Los peregrinos daban vueltas sin descanso alrededor de una gigantesca estupa esférica y cientos de banderines de colores ondeaban al compás del viento. Volaban así las plegarias budistas hasta sus añoradas montañas tibetanas. Las horas transcurrían apaciblemente mientras observábamos el sereno caminar de los monjes, el jolgorio de los niños que correteaban, las palomas revoloteando sobre la gran aguja dorada. Sin saber muy bien qué hacíamos allí, nos metimos en un monasterio junto a la estupa donde los monjes oraban y meditaban haciendo sonar sus cuencos, totalmente ajenos a nosotros como si fuéramos invisibles. De vez en cuando nos cruzábamos con algún monje que nos sonreía amablemente. Incluso un par de monjes muy jóvenes nos pidieron que les hiciéramos una foto haciendo la señal de la victoria en referencia a la ansiada liberación del Tíbet. Tal vez algún día puedan regresar orgullosos a su amada tierra, árida, gélida y bella como pocas.


Ahora que nos preparamos para abandonar Nepal, tras poco más de una semana aquí, nos vamos con la sensación de no haber visto ni una pequeña parte de todo lo que tiene por ofrecer. Como los banderines de colores que esparcen a los vientos oraciones budistas, también volará hacia Nepal la promesa de volver algún día a este reino de áspera y blanca belleza.