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15 de diciembre de 2007

India, una voz que susurra en el interior

Siempre soñé conocer la India, ese lugar tan extraño y enigmático que no sabía a ciencia cierta si realmente existía. Aunque me daban un poco de miedo la distancia, el desconocimiento, la malaria y demás calamidades, era de esos miedos que te hacen cosquillas en el estómago y en el corazón a la vez. Y de repente un día, sin pensarlo demasiado, me vi con un billete de avión en la mano.


India es caótica, sucia, mísera. Los hombres a veces son zafios y codiciosos, las mujeres invisibles. Todo lo malo que se diga de ella seguramente será cierto, o incluso peor, y sin embargo me fascina. Quizás sea por el color que inunda las calles, por el bullicio de los mercados, quizás sea por el hechizo de sus ritos milenarios. No sabría explicarlo, pero intuyo que es mucho más que eso. India es un enigma constante. Es un espejo cuyo reflejo no siempre es nítido, un espejo que nos sitúa cara a cara frente a nuestros miedos, nuestras contradicciones. Nunca un viaje fue tan exigente conmigo y a la vez tan generoso. India puso a prueba mis límites, en ciertos momentos, tuve que renunciar a los planes, al control, al orden que tanto necesito, librarme de prejuicios y de todo aquello que me conforma.


La India me dio todo cuanto esperaba de ella, que era mucho. Aunque en ese momento no lo supe, en realidad fue un viaje hacia el interior, hacia las entrañas, donde enmudecen todas las voces, donde sólo se oye el corazón latir, con todos los sentidos dispuestos a vibrar a cada instante, a aspirar el olor a muerte, a cloaca, a sándalo y a vida. Desde entonces, a veces recuerdo con nostalgia esos días y en ese momento oigo una voz lejana, suave, apenas perceptible, que me susurra al oído —Un día volverás.

5 de noviembre de 2007

Delhi, olor a cloaca, a sándalo y a vida

¡Qué diferente fue la primera vez que pisamos Delhi nada más salir del aeropuerto! Dos guiris atolondrados dando bandazos torpemente con sus mochilas a cada paso, temblando de nerviosismo por la incertidumbre y muy emocionados. Después de estas últimas semanas en Nepal, ahora estamos aquí en Delhi de nuevo, pero esta vez tristes y cansados; pues de repente hemos caído en la cuenta de que esto termina, de que las horas están contadas. Llegamos a Delhi ya entrada la noche y al salir del hostal nos zambullimos en el frenesí agotador del Main Bazar. Caminamos durante horas sin rumbo fijo, zarandeados por la abigarrada muchedumbre que andaba arriba y abajo, vociferaba, regateaba, sudaba, reía, y nos arrastraba por una corriente de vida que desbordaba el bazar. A esas horas, el bazar estaba muy concurrido, un incesante ir y venir de motos y ricksaws con sus impertinentes bocinas. Y la misma miseria que el primer día. Las grandes ciudades como Delhi engullen a las personas, las hacen invisibles, escondidas en la sombra y en la podredumbre, sin esperanza alguna.


Ayer estuvimos visitando la Jama Masjid, la gran mezquita, y el Fuerte Rojo que, la verdad sea dicha, aparte de la entrada principal no es muy atractivo. De vuelta al hostal cogimos nuestro último ricksaw. Miles de intocables, los parias del sistema de castas hindú, pedalean un ricksaw en el monstruoso tráfico de Delhi bajo un sol implacable y sin perder la sonrisa. Milagrosamente, circulan en uno de esos armatostes sin chocar ni ser arrollados, avanzan en los atascos con un claxon y buenos reflejos. El caos, pese a todo, siempre logra fluir y liberarse de sí mismo. Este gran desorden aparente, donde todo convive sin mediar distancias, sólo se sostiene por la mirada afable de las vacas que se tienden en plena calle y terminan de colapsar los carriles desocupados. Esa fue nuestra última imagen de India antes de partir.


Ya se acerca el final y son tantos los momentos que bailan en mi cabeza que necesitaré tiempo para asimilarlo todo, para volver a encajar en mi pequeño círculo cotidiano, en un mundo que durante un mes ha dejado de ser el mío. Echaré de menos esa sensación tan extraña y maravillosa de sentirte libre y perdido a la vez, el llegar a una estación y bajar del tren con la mochila repleta de ilusiones, de ansias por conocer nuevos aires y con la certeza de que el mundo es inmenso.
«Un viaje es el proceso de descubrirnos, un viaje nos pone cara a cara con nosotros mismos, nos muestra no sólo el mundo, sino la forma en que encajamos en él.»
(Javier Reverte) 
Gracias por vuestra lectura, esperamos que en cierta manera también hayáis viajado un poquito con nosotros.

2 de noviembre de 2007

Bakhtapur, un paseo por las nubes

Primer día de trekking: A las siete de la mañana nos calzamos las botas de montaña y media hora más tarde ya estábamos en camino. Primero nos acercamos en un 4x4 hasta un pueblo a una hora y media de distancia en coche de Kathmandú y desde allí empezamos la caminata de unas siete horas. Durante media jornada anduvimos muy despacio, demasiado suave para lo que estamos acostumbrados, hasta que le pedimos a Mahesh si podíamos aligerar un poco el paso. Es lógico que andáramos tan despacio al principio, ya que los guías se adaptan al cliente y no conocen el estado físico de éste. Mientras tanto por el camino íbamos pasando por aldeas, arroyos, campesinos labrando la tierra, pequeñas estupas de las que colgaban las oraciones budistas de colorines ondeando al viento… Las calles de los pueblecitos estaban inundadas de arroz puesto a secar durante la estación de la cosecha y los niños al vernos pasar se acercaban con curiosidad para saludarnos entre tímidas risas. Poco a poco el verdor y la dulzura del paisaje se adueñaba de nosotros. A medida que íbamos dejando atrás valles fértiles y frondosos, la vegetación se volvía más densa y las suaves colinas daban paso a abruptos riscos y bosques de oscuro espesor. Al mediodía paramos en una encantadora aldea llamada Namobuda para comer un poco de arroz y fruta en una casa particular que atendía a los senderistas. Descansamos un ratito allí mismo, al frescor de la sombra de una estupa, donde conocimos a nuestro nuevo amiguito Kalhu, un cachorro de pelo negro y lustroso, muy simpático y juguetón, que nos acompañó durante buena parte de la jornada hasta que decidió regresar a su casa.


Estábamos llegando a Dulhikel cuando nos topamos a la vera del camino con unos niños que se divertían tirándole piedrecitas a algo que se movía. Nos acercamos para curiosear y… casi nos morimos del susto. ¡Era una cobra enorme! Jamás habíamos visto una serpiente tan grande en vivo y en directo. ¡Y los chiquillos la estaban cabreando a un palmo de distancia! Por otra parte nos quedamos alucinando con el alojamiento en Dulhikel, era un hotelazo en toda regla allí en medio de las montañas. Una habitación enorme con calefacción, televisión, baño privado con secador y bañera, todo incluido en el precio del trekking que pagamos en la agencia de Kathmandú. Cuando bajamos a cenar con Mahesh y Riz no pudimos reprimir la risa con ellos al comentarles que no estábamos acostumbrados a viajar con tantas comodidades. ¡Si somos unos zaparrastrosos!


Mahesh y Riz han sido muy atentos y amables con nosotros, tanto que nos han cuidado como si fuéramos niños pequeños. Empezamos la segunda jornada de trekking y por el camino nos iban contando todo tipo de curiosidades y anécdotas de la vida nepalí, era una gozada escucharles. Son muy divertidos y a medida que nos íbamos conociendo se expresaban con más desparpajo. Nos contaron que ellos dos se conocen desde niños y se criaron lejos de Kathmandú, en una región de altas montañas muy próxima al Himalaya tibetano. Normalmente suelen hacer trekkings de tres semanas o más. De hecho han llegado varias veces hasta el campo base del Everest, así que estos tres días son para ellos tan sólo un paseíto. Mahesh está empeñado en hacerse llamar Carlos, que es el nombre que adopta en sus clases de español. A nosotros nos parece una situación ridícula e intentamos sin éxito explicarle que nos parece un poco extraño cambiar el nombre de una persona en función de la lengua que esté hablando en ese momento, pero él sigue erre que erre. Tanto Mahesh como Riz son chicos muy listos y espabilados, estamos convencidos de que terminarán por aprender el español y cualquier cosa que se propongan. Y además son buenas personas, se les nota. Ojalá tengan suerte y puedan aprovechar las pocas oportunidades que encuentren en un país tan pobre como el suyo.


La segunda jornada de trekking terminó en Nagarkot donde pernoctamos en un refugio de montaña muy acogedor a pesar de que sólo había electricidad durante dos horas diarias. Y por fin llegó uno de los momentos más esperados. Al amanecer veríamos una espectacular vista de todo el Himalaya incluido el Everest, por supuesto. Nada más levantarnos subimos corriendo las escaleras que conducían a la azotea del refugio, donde varios turistas habían tenido la misma idea. Nos limpiamos las legañas, nos frotamos los ojos y los abrimos bien mirando en todas las direcciones. Niebla, niebla, no había más que niebla. ¡Queremos el libro de reclamaciones! Al poco rato se despejó un poco la niebla y nos permitió vislumbrar durante un instante los picos nevados del Himalaya, lo suficiente para hacernos una idea de la inmensidad y altura de los gigantes de la tierra. Hemos disfrutado mucho de estos días de trekking. Para el poco tiempo del que disponíamos han sido muy provechosos pero las cosas como son, si a uno le gusta la montaña le sabrá a poco. Las cumbres del Himalaya son un desafío, a la incredulidad ante cimas tan altas le sigue el reto de conquistarlas, y eso no se consigue en tres días.


Terminamos el trekking a media mañana en Bakhtapur, donde pasamos el resto del día, y no pudimos elegir un final mejor. Bakhtapur es, junto a Patan y la vieja Kathmandú, uno de los tres núcleos urbanos de origen medieval declarados Patrimonio de la Humanidad. Magníficos palacios y templos se suceden uno detrás de otro formando un armónico conjunto de abrumadora belleza, un sueño del que sólo nos despertaba la visión de algún otro turista que de vez en cuando veíamos pasear por allí.


Ayer por la mañana bien prontito, y sin habernos recuperado aún de la subyugante visión de Bakhtapur, visitamos Patan. Como muchas veces pasa en los viajes, la realidad superó lo leído y visto en fotos y reportajes. Nada más entrar en la plaza Durbar de Patan nos quedamos con la boca abierta. Cada templo es una maravilla en sí mismo, pero el conjunto es lo que confiere a Patan esa estremecedora belleza, propia de una morada de dioses. Conviene explicar para evitar confusiones que plaza Durbar significa algo así como plaza mayor, por lo que no sólo Kathmandú sino la mayoría de poblaciones tienen su propia plaza Durbar.


En lo alto de una colina, a poca distancia del centro de Kathmandú, se yergue la estupa de Swayambhunath, llamada popularmente el templo de los monos. Después de una copiosa comida en Patan, decidimos hacer la digestión subiendo su empinada escalera junto a decenas de peregrinos. "Sólo" son trescientos sesenta y cinco escalones, os aseguramos que después de subir allí todas nuestras culpas quedaron expiadas. Según subíamos la escalinata al templo sorteando aromas de incienso, los monos se mezclaban descaradamente con el gentío, saltando de un lado a otro. A pesar de no ser el momento de la oración, muchos devotos se agrupaban en torno a la estupa blanca dando vueltas a su alrededor en el sentido de las agujas del reloj y haciendo girar las ruedas de oración. Un poco más allá quemaban grandes cantidades de incienso y la gran aguja dorada que corona la estupa resplandecía con el sol de la tarde. Las banderitas de oraciones budistas se agitaban alegremente con el viento y sólo la algarabía de los monos rompía el silencio. Nos sentamos en unos escalones para respirar la paz del lugar y en ese momento un mono aprovechó nuestra distracción para hurgar en mi bolsa. ¡Pero qué puñeteros son! El sol ya desaparecía en el horizonte y decidimos marcharnos. Al bajar las escaleras miramos hacia atrás y vimos una vez más los hipnotizantes ojos de Buda pintados en la estupa blanca, mirando hacia los cuatro puntos cardinales, vigilando en todas las direcciones. Por un instante nos pareció ver la mirada de Buda clavada en nosotros. Nos estaba guiñando un ojo.


Esta mañana hemos decidido tomar un taxi para ir a pasar el día en Bodnath, un pueblo a las afueras de Kathmandú que concentra una gran cantidad de refugiados tibetanos huidos de la ocupación china. Bodnath es uno de esos lugares que transmiten paz y serenidad sólo con respirar su aire. Un santuario de estupas blancas y palomas al vuelo donde todos los sentidos se encuentran en armonía. Los peregrinos daban vueltas sin descanso alrededor de una gigantesca estupa esférica y cientos de banderines de colores ondeaban al compás del viento. Volaban así las plegarias budistas hasta sus añoradas montañas tibetanas. Las horas transcurrían apaciblemente mientras observábamos el sereno caminar de los monjes, el jolgorio de los niños que correteaban, las palomas revoloteando sobre la gran aguja dorada. Sin saber muy bien qué hacíamos allí, nos metimos en un monasterio junto a la estupa donde los monjes oraban y meditaban haciendo sonar sus cuencos, totalmente ajenos a nosotros como si fuéramos invisibles. De vez en cuando nos cruzábamos con algún monje que nos sonreía amablemente. Incluso un par de monjes muy jóvenes nos pidieron que les hiciéramos una foto haciendo la señal de la victoria en referencia a la ansiada liberación del Tíbet. Tal vez algún día puedan regresar orgullosos a su amada tierra, árida, gélida y bella como pocas.


Ahora que nos preparamos para abandonar Nepal, tras poco más de una semana aquí, nos vamos con la sensación de no haber visto ni una pequeña parte de todo lo que tiene por ofrecer. Como los banderines de colores que esparcen a los vientos oraciones budistas, también volará hacia Nepal la promesa de volver algún día a este reino de áspera y blanca belleza.

29 de octubre de 2007

Kathmandu, un espejo en el cielo

La llegada a Nepal fue un espectáculo sobrecogedor. Desde la ventanilla del avión nos rodeaban los ochomiles, las cimas del mundo, sobrepasando las nubes y ofreciendo pura belleza a los ojos de unos simples turistas. Hasta mediados del siglo pasado, Nepal era un reino secreto, aislado del resto del mundo por las cumbres más altas de la tierra, y Kathmandú una ciudad prohibida para los extranjeros. Quizás por eso aún hoy en día la envuelve un cierto halo de misterio. La ciudad está enclavada en un valle protegido por los picos del Himalaya, la muralla más inexpugnable que uno pueda imaginar y que suele esconderse tras la niebla. Se ha extendido alrededor de tres núcleos urbanos de origen medieval: Patan, Bhaktapur y la vieja Kathmandú. Los tres fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y las razones son obvias: son un conglomerado de magníficos palacios, santuarios y templos budistas e hinduistas, uno detrás de otro y sin posibilidad de recuperación ante tanta belleza y esplendor.


Después de haber estado varias semanas en India, Nepal ha sido una bocanada de aire fresco. Poca gente he conocido tan humilde, amable, hospitalaria y generosa con las sonrisas como los nepalíes con los que he tratado de momento. Nos hemos hospedado en Thamel, el barrio de los trotamundos y viajeros popularizado por los míticos hippys de los setenta que poblaban Kathmandú de pipas de marihuana y flores psicodélicas. Hoy sigue siendo un refugio para mochileros mucho más exagerado que el Paharganj de Delhi. Thamel es un microcosmos creado por y para los turistas con cientos de hoteluchos, casas de huéspedes y algún que otro hotel de categoría, restaurantes de comida basura, supermercados con productos europeos, pubs ingleses y sobretodo innumerables tiendas de material de montaña. Aquello parece Trekkinglandia. Es un mini Nepal hecho a la medida del turista para que pueda prepararse para un largo trekking sin tener la sensación de haberse marchado de su casa. Los barrios como Thamel, el Paharganj de Delhi, el Khao San Road de Bangkok...  contradicen la esencia de viajar, aunque hay que reconocer que, después de varias semanas sin excesivas comodidades, unos días en Thamel han sido gloria bendita.


Entre ayer y hoy nos hemos dedicado a recorrer las calles de la vieja Kathmandú donde el paso del tiempo no parece haber dejado su huella. La ciudad se despierta cada amanecer iluminada por la misma luz pálida y suave de siglos atrás, cuando el mundo era joven aún. Desde Tahiti Tole desembocamos en Asan Tole, la calle principal de la zona comercial más antigua de Kathmandú, de donde antaño partían las caravanas que atravesaban el Himalaya hasta llegar al Tibet. Desde entonces, un aire antiguo y remoto sigue flotando en esas calles. Las recorrimos lentamente, atentos a las maravillas que nos podía deparar cada esquina, cada rincón. Las calles estaban repletas en un constante ir y venir de gente de diversas etnias, desde la tez morena y mirada profunda a los ojos rasgados orientales. Los ancianos se reunían junto a las puertas de las casas para jugar a cartas mientras los niños correteaban de un lado a otro saludando insistentemente a nuestro paso. Hello mister, hello madam!-repetían entre carcajadas. Una niña muy bonita se me acercó tímidamente para regalarme una flor y yo me desencajé ante tanta dulzura e inocencia. Los vendedores, en sus modestas tiendecitas, ofrecían su mercancía: ristras de flores, te, pequeños instrumentos musicales, juguetes de madera, menaje de cocina, artículos de bronce y latón…


Inevitablemente nos perdimos sin que nos importara lo más mínimo. El laberinto de viejas callejuelas adoquinadas nos condujo hasta un lugar realmente especial, la estupa de Kathesimbhu, donde antiguamente los viajeros recibían la bendición de los dioses antes de atravesar el Himalaya. Eran otros tiempos, otro mundo en el que siempre había horizontes por descubrir y la aventura era aún posible. Imagino el miedo antes de partir, la ilusión, la esperanza y el temblor ante el abismo, para abrir caminos en territorios inexplorados por el hombre sin planos ni mapas, sin internet ni Lonely Planet. Da escalofríos sólo de pensarlo pero a la vez un cosquilleo de emoción me recorre el cuerpo.


Terminamos nuestra ruta cerca de la neurálgica Indra Chowk, en una de las entradas de la plaza Durbar. Todas las ciudades del mundo deberían tener una plaza como ésta, tan llena de vida y de belleza que te deja sin aliento. La plaza Durbar es un pedazo de cielo que ha caído en la tierra. En realidad está formada por tres plazas unidas entre sí por diversas calles, constituyendo el centro religioso y gubernamental de Kathmandú. Es un inmenso conglomerado de palacios, patios y templos de arquitectura newarí caracterizada por la abundancia de ladrillo rojo, adoquín antiguo, intrincadas tallas de estuco y madera profusamente labrada en puertas y balcones.


Cuentan las leyendas que en Kathmandú viven más dioses que hombres y ciertamente lo creemos después de haber estado en la plaza Durbar. Entre un centenar de templos, no es extraño sorprender en una esquina a una mujer postrada con un manojo de varillas de incienso, unos niños jugando junto a un dios de aspecto diabólico o una vaca sagrada entorpeciendo el tráfico. La religiosidad lo impregna todo. Concentrados en torno a la plaza Durbar, hay varios templos verdaderamente increíbles: Kasthamandap, Taleju y el palacio Hanuman Dhoka, con su imponente puerta custodiada por dos leones. Hay tanto por ver, tantas maravillas, que la vista se pierde.


Entre todos los templos, cada uno dedicado a una divinidad diferente y a cada cual más bello, nos llamó especialmente la atención el Kumari Chowk, la residencia de Raj Kumari. ¡Una diosa viviente! La Kumari no es más que una niña considerada la reencarnación de la diosa Durga. Su divinidad dura hasta la pubertad y en ese momento se incorpora a la vida social, como una niña nepalí cualquiera, mientras se busca a la nueva reencarnación de la diosa mediante un antiguo proceso de selección. Hasta entonces, raramente aparece en público y no puede ser fotografiada. Pues resultó que justo en el momento en que entramos nosotros, un tumulto de gente se arremolinó en el patio con gran expectación. Nos acercamos a curiosear y allí estaba ella. La diosa viviente asomaba su cabecita por un balcón y sonreía. ¡Era cierto, es sólo una niñita! Fue algo muy curioso, una gran casualidad ya que apenas se deja ver. ¡No todo el mundo puede decir que ha visto a una diosa!


Comimos en una terracita situada en lo alto de un viejo edificio, mientras disfrutábamos de una privilegiada panorámica de la plaza y de todo el movimiento incesante a su alrededor. El sol ya empezaba a caer y su luz se iba haciendo más intensa y dorada. De vez en cuando, cientos de palomas alzaban el vuelo a la vez, azuzadas por algún perro, y al poco rato volvían a posarse con suavidad sobre los imponentes templos. Era una atmósfera antigua y remota, centelleantes partículas de magia flotaban suspendidas en el aire.


Ya entrada la noche, hemos pasado por una agencia de viajes recomendada en los foros de internet para contratar un trekking. Negociamos para que nos bajaran un poquito el precio y… voilà!. Así que mañana empezamos un trekking de tres días por el valle de Kathmandú, ya que no disponemos de suficientes días para hacer uno más lejos y más largo. En la agencia nos han asegurado que disfrutaremos, aunque sea un trekking cortito. Pasaremos por pueblecitos, ríos, bosques... y además tendremos unas vistas maravillosas del Himalaya. Bueeeeno, ya veremos, ya veremos... Nos han presentado también al guía que nos acompañará. Se llama Mahesh y chapurrea un poco el español, aunque la verdad es que nos entendemos mucho mejor con él si hablamos en inglés. El precio incluye dos noches de hotel, las comidas, el guía y el porteador, sí, un porteador. Cuando le hemos dicho al señor de la agencia que no necesitábamos porteador nos ha respondido que no había opción así que Riz, que así se llama, cargará durante todo el trekking una mochila con todo lo necesario. Nos resultará extraño lo de ir haciendo senderismo sin llevar peso, como dos señoritos, pero al fin y al cabo todas las expediciones en Nepal, por pequeñas que sean, siempre van acompañadas de sherpas y porteadores. Con lo que a nosotros nos gusta el senderismo y yendo tan cerquita de Kathmandú, quizás no hubiera sido necesario gastar dinero en un guía, pero hemos preferido ser precavidos, no vaya a ser que nos perdamos por la montaña y salgamos en los telediarios. Qué susto nos íbamos a llevar, eh?

27 de octubre de 2007

Varanasi, la esencia del hinduismo

Unas nueve horas después de partir de Agra en tren nocturno llegamos a Varanasi y, desde entonces, nuestra capacidad de asombro no ha vuelto a ser la misma. Llegamos a la estación por la mañana bien prontito y nada más bajar del tren pillamos un ricksaw para ir a la pensión ubicada frente al Ganghes cerca de los principales gaths. A los pocos minutos tuvimos que bajar de nuevo cargando con las mochilas ya que  los callejones de la zona de los gaths, paralelos al curso del rio, son tan estrechos que los ricksaws no pueden circular por allí. Si el conductor no nos hubiera acompañado hasta la pensión aún estaríamos buscándola en esa maraña de laberínticas callejuelas. Un par de veces incluso tuvimos que volver tras nuestros pasos, pues es muy habitual quedarse encerrado por alguna vaca sagrada que ocupa todo el ancho del callejón.


Varanasi (Benarés) es la ciudad más sagrada del hinduismo, tan antigua como el mundo. Nació en los albores de la historia y, como el agua del Ganghes que fluye por ella, siempre permanece aunque nunca es la misma. La ciudad se extiende a partir del río Ganghes con una primera línea de más de cinco kilómetros de gaths, los muelles escalonados donde se realizan las abluciones purificadoras del karma. Detrás de los gaths, a lo largo de la media luna que forma el Ganghes a su paso por Varanasi, se abarrotan en dudoso orden templos, pagodas, palacios suntuosos y hoteluchos. Por la orilla deambulan centenares de ancianos y moribundos que acuden desde toda India para esperar la muerte, fieles a la creencia de que morir en esta ciudad sagrada libera el alma del ciclo terrenal de las reencarnaciones.


Ya en la pensión, entramos en la habitación a oscuras en medio de uno de los frecuentes apagones de luz. Abrí el balcón y la habitación se inundó de arrolladora luz matinal, una suave brisa empezó a mecer las cortinas. Afuera, el Ganghes seguía su curso ajeno a los dos turistas que desde el balcón de su habitación contemplaban maravillados el constante fluir de las barcazas, la espesa humareda de las piras funerarias, los sadhus con la mirada perdida en el infinito… Era mediodía, apenas hacía una hora que acababa de llegar a Varanasi y en ese momento supe que nunca olvidaría esos días.


Después de comer apresuradamente, nos acercamos a un barquero de los que se apostaban frente a la pensión a la espera de turistas y le pedimos que nos paseara a lo largo del rio durante un par de horas hasta el gath Manikarnika, donde tienen lugar la mayoría de las cremaciones. Al llegar el barquero atracó allí mismo, ante la luz de las llamas y bajo las columnas de humo que ascendían constantemente hacia el cielo desde las piras funerarias. Ya de lejos la imagen impresionaba. Un sadhu se acercó a nuestra barca ofreciéndonos una explicación de los ritos funerarios a cambio de un donativo y nos pidió, como es lógico, no fotografiarlos por respeto a los difuntos. Mientras tanto, los hindúes se despedían de familiares y amigos sin muestras de dolor, sin escenas desgarradoras, ni lágrimas ni lamentos, únicamente contemplación en serenidad y silencio. El fuego consumía la carne y alumbraba al alma hasta el fin de los eternos ciclos de las reencarnaciones, del morir y resurgir una y otra vez. Cuando el cuerpo ya se había incinerado se apagaban las hogueras y se echaban las cenizas al rio. La muerte es tan sólo un paso más de la vida y la esencia del ser humano más profunda y permanente que los diferentes cuerpos en que habita. Pudimos ver sin dificultad, bajo una ligera capa de humo, unos pies quemándose en la pira separados del resto de un cuerpo completamente incinerado. Esa estremecedora imagen se quedó un buen rato revoloteando en nuestras cabezas. Y sin embargo, nada de eso nos resultó triste o desagradable. Inexplicablemente, Varanasi rezuma vitalidad. Más que la muerte presentimos que se estaba celebrando la vida, es una sensación contradictoria y extraña. Durante estos últimos días, hemos vuelto varias veces a contemplar estas impactantes escenas y una y otra vez nos hemos quedado sin palabras.


De regreso al hotelito, caminábamos tranquilamente a lo largo de la línea de gaths cuando una vaca famélica  me embistió. No me hice ningún daño pero fue tan rápido que no me di cuenta hasta que estaba en el suelo comiendo tierra. Unos niños se partían de risa mientras yo intentaba recomponerme y sonreír como si mi dignidad siguiera intacta. Al cabo de un rato, nos topamos con dos hombres intentando atrapar a una serpiente, quizás había escapado de la cesta del encantador. Soltando un gritito y reculando hacia atrás, esta vez fue Javier el que hizo el ridículo. Los dos hombres se reían a carcajadas y un sadhu que estaba junto a ellos nos espetó burlonamente que esa noche la serpiente nos esperaría bajo la cama. Son sólo un par de simpáticas anécdotas que sirvieron para apaciguar las emociones tan intensas que habíamos vivido esa tarde.


Quien haya presenciado un atardecer en Varanasi nunca lo podrá olvidar. Cuando el sol desaparece en el horizonte, los dioses hinduistas nos llaman con abrumadores tañidos de campanas y frenéticos cantos de mantras. Al oír este llamamiento, los sadhus, los ascetas que han renunciado a las ataduras mundanas, surgen de todo los rincones a orillas del Ganghes con el cuerpo cubierto de ceniza. Lanzan al rio como ofrenda flores y velas flotantes, que se juntan y separan formando efímeras constelaciones que navegan río abajo. Nosotros también quisimos agradecerle esos momentos a la madre Ganghes y le compramos a una niñita una vela y guirnaldas de flores para lanzarlas al rio. Las ofrendas llameantes siguieron la corriente hasta que las perdimos de vista, con la esperanza de que al verlas algún pequeño dios hinduista se acordara de nosotros.


Ya casi estábamos llegando a la pensión, cuando pasamos de casualidad por el gath Dashashwamedh, donde diariamente se celebra durante el crepúsculo la Ganga Aarti. Se trata de una ceremonia en la que los sacerdotes forman con los brazos círculos de fuego como ofrendas lanzadas al río. Al vernos entre el público, un brahmán vino enseguida hacia nosotros para untarnos la frente de tilak (pasta de sándalo) y así, convenientemente embadurnados, disfrutamos de esa fascinante ceremonia mezclados entre la gente como un par de hindús más, aunque en realidad éramos dos turistas perplejos, incapaces de descifrar ese extraño ritual milenario. Mientras tanto, una cabra de enorme cornamenta y muy malas pulgas asustaba de vez en cuando a los espectadores, arremetiendo contra ellos haciendo ademán de embestir. Al poco rato se calmó y se tumbó entre el público, aunque continuamente la vigilábamos de reojo, por si acaso. No fuera a ser que por segunda vez ese día termináramos en el suelo embestidos por unos cuernos, ja, ja, ja. Al ritmo de tambores, mantras y campanas, la ceremonia se prolongó a medida que la oscuridad envolvía esta ciudad hecha de fervor y de esperanza.


A las seis de la mañana ya estábamos de nuevo navegando el rio a contracorriente. El sol se abría paso ente la negritud de la noche y, poco a poco, iluminaba los ghats con un intenso resplandor dorado acrecentado por el reflejo del agua. En la bruma del amanecer se difuminaba el trasiego de embarcaciones que cruzaban a la otra orilla. Las barcazas iban cargadas de leña, papayas y algún turista somnoliento. Mientras tanto, en los gaths una multitud entraba y salía del agua constantemente. Los primeros rayos del sol matinal habían convocado a miles de personas a orillas del rio para realizar, como cada día, el ritual purificador de las abluciones. Unos se bañaban, otros se lavaban los saris, había incluso quien aprovechaba para asearse mientras saludaba al alba con las manos alzadas en rezo. Se respiraba un aire antiguo, impregnado de espiritualidad y envuelto por cánticos de mantras y música de cítaras. Nosotros, mientras tanto, estábamos desbordados de sensaciones. Sobre las nueve de la mañana, cuando el sol ya brillaba resplandeciente, toda esa congregación de gente se esfumó. En poco tiempo, las orillas del Ganghes habían vuelto al sosiego habitual, aunque pequeñas partículas de magia seguían flotando suspendidas en el aire. Nos descubrimos a nosotros mismos con una sonrisa de felicidad y emocionados por haber vivido todo aquello.


De repente, empecé a sentirme muy fatigada. La noche anterior, unas cagaleras fulminantes que duraron sólo unas horas acabaron con toda mi energía, tal vez fuera a consecuencia del tratamiento preventivo de la malaria. Tampoco pude dormir bien porque durante toda la noche unos monos pendencieros buscaban pelea en el balcón de nuestra habitación. Salimos de la pensión camino al aeropuerto y no podía ni cargar con la mochila. A duras penas me mantenía en pie en la cola de facturación cuando nos anunciaron que el vuelo a Nepal se había cancelado hasta el día siguiente por niebla. Ni me enfadé ni me alegré, sólo quería sentarme y cerrar los ojos. El aeropuerto daba vueltas alrededor de mi cabeza. Decidimos regresar a la pensión y por suerte aún disponían de nuestra habitación. Entre el ir y venir había transcurrido la mañana entera. Nos sentamos un ratito junto al rio en la terraza y repuse fuerzas con un arroz.
—No spicy, please! Que no me encuentro bien —Le pedí al camarero.
—Oh, no problem madam, no spicy, no spicy, of course!! —respondió solícito.
Por supuesto, no pude tragar ni el primer bocado. Salía fuego de mi boca y las bacterias instaladas en mi estómago saltaban de alegría. Más tarde, empecé a encontrarme mucho mejor, aturdida aún pero con fuerzas para repetir un día más cada instante, cada segundo, de lo vivido los días anteriores.


Varanasi es una reliquia de los primeros días del hombre que tres mil años después sigue latiendo a un ritmo intemporal, aunque su estela de santidad se desvanezca antes que el humo del sándalo y se esconda bajo una capa de polvo y cochambre, haciéndola invisible para el más escéptico. El impacto para los sentidos ha sido abrumador.
«Creemos hacer un viaje, pero el viaje es quien nos hace a nosotros.»
(John Steinbeck)

24 de octubre de 2007

Agra, una lágrima en la eternidad

Cuando viajas en tren ves pasar la vida enmarcada en la ventanilla del vagón como escenas de una película que se suceden rápidamente. Unos niños corren por las vías intentando alcanzar el tren, un hombre se despide de alguien alzando la mano a nuestro paso por la estación, unas mujeres caminan por el andén portando un hatillo sobre sus cabezas… todo parece suceder en un tiempo paralelo, como si el mío hubiera quedado suspendido en el aire. Unas cinco horas después de partir llegamos a Agra.


La pensión era cutre, muy cutre, pero la azotea tenía mejores vistas que el Sheraton. ¡El Taj Mahal delante! La habitación estaba tan guarra que regateamos con el recepcionista para que bajara un poco más el precio y mientras estaba agachada para dejar la mochila en el suelo le hizo señas a Javier en plan qué rica está tu mujer. ¡Pero qué cutre es esta pensión! Nada más dejar las mochilas en la habitación subimos corriendo hasta el restaurante de la azotea para intentar ver algo del Taj Mahal a pesar de ser ya de noche. Tan sólo vimos una silueta negra en la oscuridad. Cenamos y nos fuimos a la cama.


Eran las seis y media de la mañana y ya no podía dormir. Sabía que el Taj Mahal estaba ahí fuera, apenas a unos minutos andando desde nuestro hotel, y las ansias me desvelaron completamente. Desde que compramos los billetes de avión tantas veces me había imaginado estar aquí y ahora que estaba a sólo unos pasos debía seguir esperando en la habitación, hasta que abrieran las taquillas a las nueve, tic-tac, tic-tac. De pronto, recordé que en el baño había un respiradero sobre el lavabo. Tal vez desde ahí pudiera ver algo. Subí a una silla y me encaramé hasta el ventanuco. Y al asomarme lo vi, de una belleza absoluta, perfecta. Cubierto aún por las brumas del amanecer, parecía un sueño. No pude evitar que una lagrimilla resbalara por la mejilla. Una lágrima, el Taj Mahal es una lágrima en la eternidad. Un emperador mogol, tras el desconsuelo por la muerte de la más amada de sus esposas, decidió honrar su memoria con una bella historia de amor hecha piedra y mármol, un maravilloso intento de hacer eterno lo perecedero.


La perfección del momento se rompió poco después al pasar el control de seguridad. Al dejar el móvil y demás aparatos electrónicos en la consigna (obligatorio por seguridad), un señor con cara de asco nos dio un papelito mugroso con un número escrito a mano, por supuesto ni llave ni cerrojo, y "guardó" nuestras preciadas pertenencias en una caja llena de, literalmente, basura. Eso sí, amenazándonos con que si perdíamos el recibo no recuperaríamos jamás nuestras cosas. Luego se despidió amablemente de nosotros obsequiándonos con un gapazo que por poco no esquivamos. Paradojas de la India.


Como todo lo extremadamente bello en este mundo, el interior del Taj Mahal tiene poco que ver con el exterior. Toda su belleza quedó atrapada en la superficie y por dentro hay poco más que una sala vacía, austeramente ornamentada. Así que, después de cinco horas ya estábamos saturados de tanto áureo resplandor y regresamos al hostal para comer. El resto de la tarde la pasamos haciendo sobremesa en la azotea, aunque seguíamos viendo el Taj Mahal allí delante, entre la colada tendida, el parloteo de unas vecinas que enjabonaban la ropa sucia y los monos que brincaban sobre el tejado. El frágil sueño de belleza se había esfumado. Dentro de un par de horas partiremos en el tren nocturno hacia Varanasi. Nuestra estancia en Agra ha sido muy breve pero el recuerdo del Taj Mahal durará siempre.

23 de octubre de 2007

Jaipur, la senda de los elefantes

Jaipur es más bonita por lo que fue que por lo que es. En el pasado debió ser una ciudad de ensueño, pero hoy en día hay que ponerle un poco de imaginación. La ciudad rosa conserva un cierto encanto pero está bastante destartalada y sucia. Se la llama así porque existe la creencia en el Rajasthan de que el color rosa atrae a la suerte, por lo que la mayoría de edificios de Jaipur fueron construidos en estuco rosado imitando la arenisca. El patrimonio histórico y cultural de cualquier ciudad india es incalculable, sin embargo, su apariencia suele ser ruinosa. La pobreza y el analfabetismo han asolado una gran parte. Habiendo tantas necesidades sanitarias y educativas sin cubrir, difícilmente puede invertirse dinero en restaurar palacios. Aún así, siempre hay un rincón donde abstraerse y volar con la imaginación hasta tiempos lejanos, hasta mil y una noches de luna menguante y bellas maharanis de ojos azabache.


Si bien la ciudad en sí no es muy bonita ni vistosa, hay una serie de palacios que por su belleza y fastuosidad consideramos imprescindible visitar y a los que dedicamos nuestro primer día en Jaipur. Empezamos por el Chandra Mahal, el palacio de la ciudad cuya entrada está custodiada por dos elefantes de mármol. Es un fabuloso conjunto de palacetes, patios y jardines que bien merecía una visita de la mañana entera. Y a continuación el Hava Mahal, el palacio de los vientos, una altísima y extraña fachada con un millar de ventanas y balcones ocultos tras celosías, que permitía a las esposas y concubinas del maharajá contemplar el mundo exterior sin ser vistas. Nos hacía mucha ilusión visitar el palacio de los vientos, tan fantástico y extravagante, digno de la más caprichosa de las princesas, pero qué chasco ver más de la mitad tapado por andamios. Aún así, seguimos el manual del buen guiri y sacamos la cámara de fotos. Justo en ese instante un elefante pintado de vivos colores pasó ante nosotros esquivando ágilmente, a pesar de su orondo volumen, los coches y los ricksaws que se cruzaban en su camino. Después de presenciar algo tan extraordinario ya nos olvidamos del palacio de los vientos, de los andamios y del chasco. Entre palacio y palacio, nos adentramos en el bullicio de los bazares, pero al poco rato ya volvimos a refugiarnos en nuestro hotel, agobiados de pashminas, pañuelos de seda, elaborados tejidos de kanthas con espejitos incrustados y holaholacocacola, Oh, Spain! viva el Barça, visca el Real Madrid… Jaipur pertenece al llamado triángulo de oro formado también por Agra y Delhi, la principal atracción turística de los viajes organizados en plan "Super ganga misterios de la India mágica, siete días, seis noches". Por eso los vendedores del bazar, y la gente que se dedica al turismo en general, son tan insistentes y pesados. A veces hemos tenido la sensación de ser un euro andante. Huyendo del agobio del bazar, nos tomamos un respiro en el observatorio astronómico Jantar Mantar, muy cerquita de la zona de los bazares. Se trata de un recinto ajardinado con sofisticados instrumentos de cálculo y extraños mecanismos de formas geométricas para observar los astros. Semejan caprichosas esculturas de piedra que descifran todos los misterios de la astronomía. Un lugar realmente interesante y muy especial.


Nos hemos hospedado en el Pearl Palace, un hotelito de estilo occidental muy cómodo regentado por Mr. Satinder Pal Singh, un señor muy peculiar aficionado a la pintura. Al salir del hotel al segundo día de nuestra llegada, había varios ricksaws apostados en la puerta esperando a los turistas que salían. Sin pensarlo demasiado pillamos uno allí mismo. El conductor era un chaval jovencillo llamado Raj, muy simpático y espabilado. Tras negociar un precio fijo para que nos llevara todo el día arriba y abajo, nos mostró un cuadernillo viejo y manoseado en el que los turistas escribían sus impresiones después de contratar los servicios de Raj. Algo así como un libro de visitas. Lo estuvimos hojeando un poco, había notas en todos los idiomas y leímos algunas en español. Una de ellas nos llamó mucho la atención porque la había escrito una mallorquina. Por curiosidad seguimos leyendo hasta el final para averiguar el nombre y… ¡¡¡Mi cuñada!!! Nos quedamos boquiabiertos… pero, pero… cómo es posible?!!” Ella estuvo también en Jaipur unos meses atrás y resultó que en una ciudad de tres millones de habitantes con tropecientos mil conductores de ricksaw habíamos coincidido con el simpático Raj. Sorprendidos aún por tanta casualidad, nos subimos al ricksaw de Raj y emprendimos la marcha hasta el fuerte Amber, un complejo palaciego a pocos kilómetros del centro. Sólo por eso ya vale la pena visitar Jaipur, es bellísimo. Toda la fortaleza en sí es una obra de arte, delicadas tallas de mármol, celosías de alabastro con diminutas filigranas… La hermosura y la placidez del lugar invitan a soñar despierto. Las paredes del vestíbulo del palacio de los espejos están recubiertas por miles de pequeños espejitos formando un intrincado diseño, de tal manera que de noche con la luz de una sola vela puede iluminarse toda la estancia.


Si uno es muy guiri y no le importa pagar un montón de rupias por tener una foto exótica y hacer un poquito el ridículo, puede subir hasta la fortaleza siguiendo un serpenteante camino a lomos de un elefante. Nosotros decidimos mantener intacta nuestra dignidad y subir hasta la fortaleza por nuestro propio pie, caminando por un sinuoso sendero y acompañados al mismo tiempo por unos treinta elefantes. Impresionante. Cuando íbamos caminando, de vez en cuando nos adelantaba alguno pisando fuertemente con esas patas tan grandes y robustas. Nos sentíamos un poco vulnerables pero a la vez excitados y emocionados. En un momento dado, nos encontramos con un atasco. El elefante que iba delante nuestra se paró para dejar paso a otro que bajaba en sentido contrario. Alcé la vista y, un poco más arriba de la altura de mi cabeza, me encontré con una trompa apuntando hacia mi cara. Fue tan rápido que no pude reaccionar. En un instante me remojó casi por entero salpicándome de agua, puaj, qué asco!! Duchas de agua sucia aparte, la subida a la fortaleza entre una treintena de elefantes ha sido una de las sensaciones más intensas de este viaje. No es más que una turistada, una tontería, ya lo sé, pero cruzando las puertas del fuerte Amber por la senda de los elefantes, volvieron viejas ilusiones infantiles de aquellas tardes de sábado al terminar la peli de Indiana Jones, cuando vivía mil aventuras a lomos de un elefante provista de un látigo y un sombrero.


A la salida de Amber seguimos subiendo la montaña hasta llegar, sofocados y con la lengua fuera, al fuerte Jaigarh. Un lugar muy solitario y silencioso con una vista estupenda de toda la fortaleza de Amber que queda más abajo y de las montañas que la rodean. Muy pocos turistas se animan a subir. Tan sólo encontramos al guardián durmiendo a pierna suelta bajo la sombra de un árbol y multitud de monos saltando de una rama a otra. Al bajar nos estaba esperando Raj sentado en su ricksaw. Saciamos un poco el estómago que ya había empezado a rugir y partimos hacia el Jal Mahal, el palacio del agua, construido sobre un lago. Una pequeña decepción, pues lo habíamos visto en varias postales y la verdad es que no era tan bonito como parecía. Claro está que la percepción de las cosas cambia mucho en función de la hora del día, de la luz… Probablemente nos hubiera parecido mucho más bonito de haberlo visto reflejado en el lago con el agua calmada y con la luz dorada del atardecer, sin tener a Raj esperándonos en el ricksaw y con tiempo para acercarnos un poco en lugar de verlo desde la carretera.


Y ya por la tarde nos acercamos al templo del dios sol, el Galwar bagh, también llamado templo de los monos pues ellos son allí los amos y señores. Era un lugar muy curioso y al marcharnos nos fuimos encontrando por el camino con un montón de sadhus, ascetas hindús. No podíamos evitar mirarlos de reojo con curiosidad. Las túnicas de color azafrán, el pelo larguísimo en el que la mugre acumulada de años ha ido formando rastas, las decenas de collares y amuletos prendidos del cuello, las tres rayas de ceniza en la frente… Uno de ellos se nos plantó delante y nos saludó de un modo muy solemne juntando las palmas de las manos. —Namaste, namaste —respondimos cortésmente con una tímida reverencia. Aunque por la expresión de su cara y por las risotadas de los demás sadhus, creemos que en el fondo había un poco de cachondeíllo, je, je, je. Dentro de unas horas cogeremos el tren hacia Agra, dispuestos a visitar el Taj Mahal al día siguiente… el mítico, el anhelado, el soñado Taj Mahal. ¡Estamos impacientes!