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27 de agosto de 2014

Nusa Lembongan, la vida que nos merecemos

Esta es la vida que nos merecemos, la que todos merecemos. Un desayuno glorioso en el soleado jardín, oyendo el rumor de las olas. Sopla una ligera brisa y los cocoteros se mecen. ¡Cuánta alegría nos provocan cada vez que vemos sus desmelenadas copas al viento! Tras el desayuno, una moto y unas cuantas calitas secretas por descubrir. El kikiriquí del gallo al amanecer y el brillo de la primera estrella de la tarde marcan el ritmo del tiempo en Nusa Lembongan. Seguramente los dioses debieron tomarse unos días de descanso en esta isla, al menos aquellos a los que les gusta surfear.


Pero ya terminó Nusa Lembongan, terminó Bali y terminó también Java. Ahora escribo desde Jakarta y dentro de unas horas emprenderemos el regreso. Y nos marchamos repitiendo para nuestros adentros: ¡pero qué bonitas son! Java, Bali y Nusa Lembongan, ¡qué momentos nos han dado! Tal vez, vendrán días de tormenta y cielos que tornarán negros, pero esos momentos siempre serán nuestros.


Gracias familia, amigos y lectores espontáneos por seguir el blog, un placer compartirlo.
«Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.»
(Fernando Pessoa)

24 de agosto de 2014

Bali, los espíritus de las mareas

Bali es una isla de turismo de borrachera: sí, es cierto. Casi cuatro décadas de intensa actividad turística han hecho mella en el alma de esta isla: no, eso sí que no es cierto. Todo lo malo que había leído o escuchado sobre Bali era verdad, sí, pero eso no era todo. Hay otra Bali que sigue viva, que sigue bella y alegre, una isla de ensueño escondida tras el cutrerío del turismo masificado de los últimos treinta años. Esa otra Bali sigue ahí, donde siempre. Y quien de verdad la busca, la encuentra.


Tras la llegada en ferry desde Java, organizamos nuestro paso por Bali en torno a una preciosa casa de huéspedes en Ubud, donde pasamos siete noches. Ubud es un pueblo ubicado en el centro de la isla a rebosar de tiendas, agencias de viaje, restaurantes y pensiones para turistas occidentales, pero del que sólo puedo hablar bien. La bruma matutina, las delicadas ofrendas de flores e incienso ante todas las casas y tiendecitas, el musgo que cubre los templos, el bosque tropical que rodea al pueblo y las copas desmelenadas de las palmeras al fondo. Una vez sales de las tres calles principales concentradas en el turismo, Ubud parece otro pueblo.


¿Y luego? Y luego Bali. Luego una moto y cientos de caminos por los que perderse. Sobre la moto, sintiendo el viento fresco en la cara, iban pasando un mar de olas verdes superpuestas, mullidas y cubiertas de hierba, de terrazas de arroz envueltas en selva y palmerales, bosques y más bosques que separan aldeas sin nombre. Y sonrisas, siempre sonrisas. Y templos, templos y más templos, cientos, miles. En cada rincón, en cada curva de la carretera hay una pagoda que se encarama a los cielos, un templete, una hornacina, un noséquéesniparaquésirve con demonios, dragones y elefantes de piedra.


Durante la primera jornada sobre la moto, recorrimos los campos de arroz de Tegallalang hasta llegar al templo Gunung Kawi y los manantiales de Pura Tirta Empul. Cientos de fieles hinduistas acuden diariamente a los manantiales, pues las aguas del Pura Tirta Empul son purificadoras. Era divertidísimo observar a algún que otro turista occidental en busca de espiritualidad, vestido con toda la parafernalia balinesa, purificándose en los manantiales y practicando la meditación de postín, sin perder la ocasión de fotografiarse en pleno trance místico.


Al día siguiente nos dirigimos a Pura Besakih, el llamado templo madre y lugar más sagrado de todos los balineses, pasando por los arrozales de Sideman. Intentando siempre ir por carreteras secundarias, nos perdimos, nos perdimos y nos volvimos a perder. Parábamos en pequeñas aldeas a pedir indicaciones para llegar a Pura Besakih y como respuesta recibíamos sólo sonrisas.


No se puede comprender Bali sin su religión, esa versión del hinduismo con influencias de religiones animistas. Un complejo sistema de rituales que empapan el día a día y rige la vida de los balineses. Sus ceremonias sagradas se viven con una devoción desmesurada. Cada mañana al alba, en cada pequeño rincón, se preparan con esmero miles de ofrendas efímeras de una delicadeza exquisita. Miles de ofrendas hechas con hojas de palma trenzadas, flores, frutas, arroz e incienso que se depositan ante todas las casas, negocios, templos, altares familiares... las motos, ¡por todo!


A lo largo de la carretera, cada dos por tres nos cruzábamos con ceremonias. A veces nos acercábamos discretamente para observar, sin siquiera sacar la cámara de fotos. Puesto que es obligatorio para entrar en cualquier templo,  nos vestíamos siempre con el sarong (prenda parecida a un pareo) con más o menos gracia, ejem, ejem. Pero aún así, percibimos que no éramos bienvenidos en las ceremonias religiosas. Las sonrisas que tanto nos prodigaban en cualquier gesto cotidiano desaparecían al entrar en el recinto sagrado. Incluso, al llegar a Pura Besakih directamente nos prohibieron la entrada, así que nos conformamos con ver el templo desde la tapia que separa al mundo de los turistas del mundo de los dioses y los espíritus hinduistas. Pero no importa, para nosotros era sólo una buena foto más, pero para ellos es su vida y su razón de ser. Y eso sí es sagrado.


Templos, arrozales, cocoteros, templos, arrozales, cocoteros... ¡habíamos olvidado que Bali es una isla! y, por tanto, rodeada de mar. Concluimos el tercer día de carretera en el mágico Pura Tanah Lot, un pequeño templo construido sobre una inmensa roca a orillas del mar. Había sido un día intenso, nada más amanecer habíamos emprendido la marcha hacia Pura Ulun Danu, ubicado en un bellísimo entorno neblinoso junto al lago Bratan. Antes habíamos pasado por los arrozales de Jatiluwih y el impresionante Pura Taman Ayun. Y allí estábamos en ese momento, contemplando el atardecer en Tanah Lot, arropados por los espíritus de las mareas.


Lo malo de ser mallorquín es que nuestro nivel de exigencia en cuanto a playas es altísimo, aún así disfrutamos en Padangbai. Sigue siendo una apacible aldea de pescadores junto a una bonita bahía de aguas cristalinas, con unos cuantos negocios para turistas. Subiendo por una colina hay un sendero que termina en Bias Tugal, una cala de arena blanca en la que apenas había media docena de turistas y en la que decidimos descansar un par de horitas. Como el oleaje era tan fuerte fue imposible nadar, así que nos resguardamos del sol en un destartalado chiringuito en el que servían comida rica y barata. Un par de ayam satai, cervezas y plátano frito con leche de coco por cuatro euros, y al pagar sa madona nos regaló unas chucherías de frutos secos. Escandaloso, jeje. De regreso a Ubud paramos en el palacio Kerta Gosa y en el templo Pura Kehen, uno de los más hermosos que pueden verse en Bali. Lo curioso es que no había nadie, ya que no pasan por allí las rutas turísticas habituales.


Quien viaja sabe que siempre ha de partir algún día, así que después de una semana abandonamos Ubud para recorrer el sur de la isla durante un par de días. A medida que dejábamos atrás el verdor de  los bosques y de los campos de arroz, nos adentramos en un horroroso batiburrillo de letreros y luminosos superpuestos, vallas publicitarias y un tráfico denso y asfixiante. Kilómetros y kilómetros de hoteluchos, macdonalds, tiendas de recuerdos horteras, pizzerias y hordas de guiris resacosos. Todo el turisteo cutre de Bali se concentra en esta región: Kuta, Legian, Seminyak, Sanur... Nada que no hubiéramos visto antes en Mallorca y nada que nos recordara al Bali que habíamos conocido aquellos últimos días.


Al final de la carretera hacia el templo Pura Luhur Uluwatu, cuando ya no queda más que océano por delante, nos dimos un bañito en Padang Padang, una larga playa que raya en la perfección muy frecuentada por surferos. Las olas rompen en un arrecife lejos de la orilla, por lo que las corrientes no son demasiado fuertes.


Al atardecer llegamos a Sanur, una guardería para jubilados australianos y parejitas de luna de miel donde, por cuestiones prácticas, pasamos una noche antes de embarcarnos hacia Nusa Lembongan. Allí cenamos en un restaurante de comida internacional maravillosamente decorado y lleno de matrimonios occidentales cenando uno frente a otro en silencio y aburridos, mientras sonaban espantosas canciones melódicas. ¿Dónde se había escondido Bali? ¿Dónde habían quedado aquellas sonrisas luminosas, aquel olor a flores e incienso de cada amanecer?

16 de agosto de 2014

Gunung Bromo y Kawah Ijen, belleza desolada

Noche negra, cerrada y fría. Brillaba una luna creciente en el cielo que apagaba las estrellas con su luz. Mientras tanto subíamos en un jeep cuesta arriba hacia el Gunug Penanjakan, un trozo desgajado de la caldera de un antiguo volcán extinto. El  Gunug Penanjakan se alza frente a un mar de ceniza y lava, una enorme herida abierta en la tierra donde se yergue otro volcán, un gigante llamado Gunung Bromo, siempre rodeado de nubes que se mecen suavemente al vaivén de la brisa. Cruzamos la extensa llanura de arena negra del interior de la caldera. La claridad de la luna marcaba el paso de la caravana de jeeps y los faros iluminaban la niebla que empezaba a disiparse.


Cuando llegamos a la cumbre del Gunung Penanjakan ya estaba atestada de jeeps a ambos márgenes de la carretera y, aún siendo noche cerrada, corrimos a la búsqueda de un buen lugar sobre el que contemplar el amanecer sobre Bromo. Una multitud de turistas se amontonaba ya en el mirador junto a decenas de lugareños que cada amanecer suben en moto para vender café, dulces y chaquetas, por si algún turista despistado olvidó que a dos mil y pico metros de altura el calor es un recuerdo lejano. Encontramos un buen sitio para sentarnos justo delante de la silueta aún negra de Bromo. Ahora sólo quedaba esperar.


Y se abrió el telón. Lentamente amaneció sobre la belleza desolada de Bromo. El paisaje iba mutando por momentos. Era una danza de nubes y sombras deslizándose sobre los surcos de la tierra, sobre la llanura de la colosal y etérea caldera de Bromo y sobre sus grietas desgarradas. Mientras, despedía sin parar fumaredas de azufre. Fue un sueño de lava, luna y niebla.


Pero yo ya viví este momento hace más de veinte años. Y le llamé Baraka. Es Baraka quien me ha traído hasta Bromo. La palabra árabe Baraka significa bendición divina. Esto lo sé ahora, pero la primera vez que la vi y decidí grabarla con fuego en mi memoria, Baraka significaba algo que no comprendía del todo, pero que me marcó de tal modo que veinticuatro años más tarde me ha llevado hasta aquí, ante Bromo.


Una tarde en el Instituto, el profesor nos quiso mostrar con gran entusiasmo un documental recién estrenado titulado Baraka. Me quedé pegada al televisor, fascinada e incrédula. No había voz, no había argumento, sólo imágenes (Bromo entre ellas) y música. No entendía nada pero lo comprendí todo. Más tarde volví a verla, habían pasado muchos años y durante ese tiempo yo había cambiado pero Baraka no. Seguía siendo fresca y poderosa, removiendo otra vez mis sueños viajeros. Baraka es poesía visual, un desafío a nuestra cotidianidad y a lo que damos por sentado. Baraka es una puerta al mundo y a los sueños. ¿Porqué no soñar despiertos?


Habíamos contratado con una agencia una excursión organizada que, además de Bromo, incluía al día siguiente la visita a otro de los grandes volcanes de Java, el Kawah Ijen. Y, para variar, otro madrugón para llegar al cráter aún de noche. De madrugada y con los párpados aún pegados, nos encontramos metidos otra vez en un jeep atravesando la exuberante jungla tropical de camino al Kawah Ijen. La calzada era un desastre, llena de baches y pedruscos en mitad del camino. Al llegar a la cima, empezamos a descender a pie hasta el cráter por un tortuoso sendero pertrechados con linternas y frontales, una locura. Pero no éramos los únicos locos. Además de nuestro grupo, había decenas de turistas como nosotros que bajaban hasta el cráter para contemplar las intensas llamaradas azules que regurgitan las fumarolas del volcán, directamente desde el infierno, y que sólo son visibles de noche. Al poco rato amaneció y la luz del sol descubrió el lago turquesa al fondo del cráter, tan bello como tóxico. El intenso color amarillo del azufre rodeaba a las columnas del vapor que surgían de las entrañas de la tierra. Una visión magnética e hipnótica de la fuerza telúrica de la naturaleza.

13 de agosto de 2014

Yogjakarta, dentro de un mandala

Llegar hasta aquí nos llevó casi un día y medio entre aviones y aeropuertos, durmiendo a ratos en el asiento del avión o en el suelo del aeropuerto. Cuando al fin llegamos a nuestro hostal en Yogjakarta eran las ocho de la mañana. Subimos a nuestra habitación para descargar las mochilas y darnos una buena ducha. Después, teníamos la intención de echar una cabezadita, pero en lugar de eso salimos a la calle. En fin, no tenemos remedio. Ya desistimos de luchar contra ese cosquilleo de curiosidad viajera que te recorre el cuerpo al saber que has llegado a un nuevo lugar.


Paseamos sin rumbo por los estrechos callejones del kraton, la ciudad amurallada, rendidos a sus encantos desconchados y a los rincones de colores imposibles de una ciudad que se negó a serlo. Porque Yogja es una ciudad que, aún siéndolo, se resistió a dejar de ser un pueblo. A pesar de su gran tamaño, a pesar del frenesí de motos que invade sus calles regido por los caóticos códigos de circulación asiáticos. Yogjakarta es un pueblo que quedó atrapado entre las ruinosas glorias del pasado y los fracasados intentos de modernidad. Nos encantó el desparpajo de las calles que corren tras los toscos muros encalados de viejos palacios, donde se sientan las señoras a parlotear y los niños corretean detrás nuestro. Y entre la humareda que sale de las cocinas, los corrales donde cacarean las gallinas y la colada tendida en los patios, aparecen las ruinas de otros tiempos, las paredes destartaladas de antiguas mansiones palaciegas, de donde ahora los vecinos cuelgan con descaro sus enseres domésticos y jaulas de pájaros.


Y así, de pronto, apareció el Tamansari, los baños del sultán. Unas sencillas y escuetas tapias encaladas, rematadas con alguna que otra escultura mitológica. El Tamansari, aún siendo una sombra de lo que debió ser, sigue siendo un canto a los sentidos y al placer, al murmullo del agua, al olor de flores exóticas y raros inciensos. Un canto a la sensualidad de los cuerpos desnudos chapoteando en las albercas a la luz del sol o en las noches de luna llena.


Dos días después de nuestra llegada a Yogja, ya estábamos instalados en medio de esa cotidianidad del viajero que se siente a gusto en un lugar, aún sabiendo que allí es un ente extraño. Entonces visitamos los templos de Borobudur y Prambanan. En realidad, Borobudur no es un templo, sino un gigantesco mandala budista de piedra, es decir, un mapa del universo cósmico y de la mente humana. Más de mil años después de su construcción sigue allí, erguido sobre tierra volcánica y rodeado de jungla. Llegamos al amanecer nada más abrir sus puertas para evitar aglomeraciones, y aún así, nos encontramos con decenas de turistas que habían tenido la misma idea. Pero cualquier madrugón merece la pena por deambular por sus terrazas al amanecer, perder la mirada en sus paisajes lejanos y en los centenares de esculturas budistas de este inmenso mandala de piedra.


Llegó el mediodía y llegó también el hambre, así que encomendamos nuestras almas a todos los santos y tomamos un becak (vehículo motorizado de dos ruedas similar al ricksaw indio o al tuktuk tailandés) que se adentró velozmente en el infernal caos circulatorio para llevarnos a nuestro hostal. Comimos un par de suculentos mei goreng por cuatro euros, cervezas incluidas, y después pillamos un bus que nos acercó hasta Prambanan por el equivalente a diez céntimos el billete. Nada como mochilear por el sudeste asiático si uno anda escaso de dinero.


El autobús nos dejó en Prambanan a última hora de la tarde, la luz irradiaba belleza y envolvía los templos en una atmósfera antigua y remota. Las torres se alzaban al cielo y parecían expandirse a medida que nos acercábamos para prestar atención a sus muros esculpidos. Poco a poco, los últimos rayos de sol sumieron en la sombra este sagrado lugar, hecho de piedra y de silencio.

6 de agosto de 2014

Diecisiete mil islas con nombre de flor

Señores pasajeros, abróchense los cinturones. ¡Despegamos rumbo a Indonesia! ¿Indonesia, Indonesia…? Situémonos un momento ante un mapamundi y desde sa nostra roqueta mediterránea deslicemos el dedo hacia la derecha. Pasamos por Oriente próximo, Asia central, India, Tailandia, creo que está por aquí, un poquito más abajo ¡y aquí está!


Es grande, muy grande, mucho más grande de lo que imaginábamos en un primer momento antes de situarlo sobre un mapa en toda su extensión. Indonesia, roto en mil pedazos desparramados a lo largo y ancho de miles de kilómetros, más de diecisiete mil islas que nadie se ha tomando la molestia de contar ni probablemente nadie lo haga jamás, grandes islas de nombres míticos flotando en el mar de sueños que evocan sus nombres: Sumatra, Java, Bali, Borneo... y de las que sólo tendremos tiempo de ver un par. Pero ya habrá otros viajes y otras Indonesias.